Periodista invitado: Carlos Pantano “La Cueva de Pasarotus: el nacimiento del rock argentino”

El cabaret “Jamaica” funcionaba en el subsuelo de la Av. Pueyrredón 1723, aunque su destino iba a estar más allá de algunos amores pasajeros.

En ese mismo lugar comenzó a funcionar en 1962 “La Cueva de Pasarotus”, un reducto del jazz porteño creado por Juan Carlos Cáceres a imitación de los bares de Nueva York, en donde tocaron artistas como el Gato Barbieri, “Fats” Fernández y Jorge Navarro. Sin embargo, de a poco, los días jueves se fueron incorporando otros músicos que iban a escuchar y después zapaban entre ellos. Roberto Rosado era el dueño del local y, viendo las posibilidades del negocio, se hizo cargo del negocio en 1964, acortando el nombre a “La Cueva”.

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En ese sótano empezó la mezcla: un poco de libertad, imaginación, mucho humo, ideales y una juventud que quería cambiar lo establecido, usando la poesía y la música como elemento de difusión. Todo mezclado en La Cueva.

¿Quiénes eran los que concurrían habitualmente? Sandro, Billy Bond (que fue copropietario y responsable del club), Litto Nebbia, Miguel Abuelo, Oscar Moro, Moris, Javier Martínez, Alejandro Medina, Pajarito Zaguri, Carlos Mellino, Tanguito, Ciro Fogliata, y los amigos Pipo Lernoud y Miguel Grinberg. También Los Shakers, Hugo y Osvaldo Fattorusso, pasaban por el sótano cuando cruzaban el Río de la Plata desde Uruguay.

Roberto Rosado cuenta cómo era el local: “no había mesas ni sillas. Sólo almohadones y algunos divanes en los costados, contra las paredes. Había un mostrador largo, una heladera y la gente estaba siempre parada”. No era muy cómoda. Litto Nebbia, lejos de sus años juveniles la recuerda así: “Puede ser que me odien, hasta alguno puede pensar que soy un resentido, te confieso que no lo soy, pero te digo la verdad: La Cueva era una ca… y de La Perla nos sacaban a patadas por el pelo largo. La Perla del Once era una pizzería que se llenaba de estudiantes universitarios. Nosotros no cuadrábamos. La Cueva era horrible: no tenía acústica, no tenía ventilación, el local estaba sucio y lleno de pulgas.”

Javier Martínez, que fue el baterista de Manal, contó también cómo era el lugar: “tenía como máximo cuatro metros de ancho por diez metros de largo. Era un corredor, una cosa exigua, una cosa de nada para un boliche. Era un lugar sin categoría porque estaba fuera de toda clasificación. Y era muy surrealista…aparecían a las tres de la mañana chicas en soirée, con vestido largo, tipos con smoking y moñito, gente que venía de Mau Mau, que sé yo, de boliches del centro, súper caros, o de fiestas fastuosas. Y se venían a dar el toque bohemio a este boliche de rock.”

Miguel Abuelo nos hace un recorrido virtual por el sótano: “había un espacio como medio circular donde entraba la gente para ver el show. Y después el escenarito, que estaba contra la calle. Vos entrabas, girabas la cabeza a la derecha y ahí estaba el escenario. Mirabas al frente y ahí estaba el público en ese sector circular que te decía. El decorado era bastante pobre, pero nosotros no íbamos a buscar un buen decorado. El decorado éramos nosotros”.la cueva 2

Cuando terminaba, se iban caminando (naufragando) por Pueyrredón hasta Rivadavia, y desayunaban en “La Perla del Once”, donde dice la historia que nació “La Balsa”.

Sandro contaba un anécdota: “una noche en La Cueva, vino Litto y me dijo: ‘Che, loco, ¿qué te parece este tema?’. Siempre hablaba así, decía loco. Y me pasó una canción apoyado en el guardarropa, con la guitarrita. Yo le dije: “Mirá, no está mal, pero no creo que funcione”. Opinaba usando mi sentido comercial, claro. Lo que me había hecho escuchar era La Balsa”.

Litto Nebbia también cuenta cuánto pagaban por tocar: “tocábamos desde las diez de la noche y hasta las cuatro de la mañana, prácticamente sin parar, por un dinero mínimo con el cual pagábamos la pensión para dormir y un café con leche. Pero al menos era un trabajo estable que nos permitía dedicarnos todo el día a ensayar y a seguir con nuestras ilusiones de armar el grupo”.

Miguel Abuelo tenía otro motivo para asistir: “yo nunca canté en la Cueva. Ahí se tocaba eléctrico y yo era un cantante callejero. Yo iba a buscar novias y a juntarme con amigos”.

Desde 1966, en plena dictadura de Onganía, la policía mantuvo una tenaz persecución contra el local, sus propietarios, artistas y público. Se sucedieron los  allanamientos y procedimientos de Moralidad y Toxicomanía. En 1967, después de numerosas causas penales y contravencionales, un juez dispuso la clausura definitiva del club, que nunca más volvió a funcionar.

Sin embargo, Los Gatos, Manal, Sandro, Los Abuelos de la Nada, Moris, Pajarito Zaguri entre otros, supieron seguir avanzando en el estilo de rock que habían amasado juntos en La Cueva, donde nació el rock argentino.

Carlos O. Pantano

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