Arte : La historia del pintor Jacobo Lorenzo Fiorini, de Italia a Villa Libertad, San Martín

fiorini

Los vecinos de Villa Libertad, Partido de General San Martín, impondrán  el nombre de Pintor Jacobo Lorenzo Fiorini al pasaje 135, ubicado entre las calles Diego Pombo y Ricardo Guiraldes, el próximo 12 de Octubre de 2016, previo a la autorización por parte del Honorable Concejo Deliberante de General San Martín.

“Retrato de A. D... Ugarte y L... Nuñez Ugarte” Oleo sobre tela

“Retrato de A. D. Ugarte y L. Nuñez Ugarte” Oleo sobre tela

Candelaria Somellera de Espinosa

Candelaria Somellera de Espinosa

El  Pintor Jacobo Lorenzo Fiorini nació en Italia en 1800. En 1846, abrió un taller de retratos al daguerrotipo en asociación con otro pintor venido a fotógrafo, el francés Albin Favier.

A ese breve lapso de un año de trabajo en conjunto, podemos inferir que corresponde el daguerrotipo post mortem y el retrato realizados a María Luisa Lacasa de Suárez. Sus obras están expuestas en el Museo de Bellas Artes de Buenos Aires. El Museo Histórico Nacional conserva los retratos del General Marcos Gonzalez Balcarce (1832), del coronel Isidro Quesada (1845) como así también un óleo costumbrista “Campamento en Palermo del General Rosas” que data de 1835.

Según una Recopilación de Roberto Conde, y publicada en  http://cihvl.blogspot.com.ar/, sabemos del Sr Lorenzo Fiorini, lo siguiente:

…”Eustaquia Casas de Conesa  el 24 de octubre de 1836 vende a Don Pedro Ortiz y a Agustín Díaz la chacra la actual calle 119 (Cnel Mom) y su proyección hasta el Río Reconquista, siendo el otro lateral aproximadamente la calle 141 (Av. Triunvirato). Estos son quienes el 24 de abril de 1837 venden la chacra a Don Jacobo Lorenzo Fiorini.

Don Jacobo L. Fiorini; que además de ser muy buen paisajista, como pintor, era un buen retratista. Al aparecer el daguerrotipo en la Ciudad de Buenos Aires, Fiorini, de 56 años ve peligrar el negocio, con lo cualse transforma en daguerrotipísta; profesión que dejó cuando se casó con la que fuera su ahijada y de la que se había hecho cargo cuando ella era una menor de dieciseis años, al morir una tia que la estaba criando.La joven se llamaba Clorinda Sarracán y era 30 años menor que Lorenzo.

Cuando compró la chacra, ya casado vino a vivir a los Santos Lugares a una casona señorial que hizo construír, con mirador de altos, que se hallaba en la que hoy es la manzana comprendida entre las calles 135(1ra. Junta), 133 (Almeyra), 82 (José Hernández) y 80 (Lacroze), que fuera el casco de la estancia o chacra desde el cual es probable, sus habitantes fueran testigos de la terrible y sangrienta batalla ocurrida el 3 de febrero de 1852, entre las fuerzas del entonces Gobernador de Buenos Aires, General Juan Manuel de Ortiz de Rozas y el ejercito luso – rioplatense comandado por el General Justo José de Urquiza.

clorinda

Fiorini, debía trasladarse permanentemente a Buenos Aires, y lo hacia a caballo o en volanta, debiendo permanecer varios dias en una casa de la calle Lavalle en la Ciudad.

Del matrimonio Fiorini – Sarracan nacieron tres hijos. Pero la comidilla del pago era que cuando Jacobo viajaba a la Ciudad, su esposa Clorinda se acostaba con el capataz de la chacra; Crispin Gutierrez, de 24 años.

 Aparentemente Fiorini sabía que su esposa lo engañaba, de ahí las largas discusiones y las palizas que le aplicaba.Cuando ello ocurria, Clorinda se escapaba con sus pequeños hijos a la chacra de los Ruíz, que era la más inmediata. Pero estos no querían comprometerse y no la recibían.

Cierto día, Don Jacobo se encuentra en el camino con su hermano, quien le pregunta ¿Así que vas a ser padre de nuevo? a lo que este contestó; Será hijo de mi esposa, pero mio no. Esta relación en la casa se hacía insoportable, de modo que Clorinda alentó a su amante a que matase a su esposo, cosa que después de algunas dudas, Crispín, ayudado por su hermano Remigio concretó el 12 de octubre de 1856.

gutierrezPara cometer el crimen, Crispín había comprado un pistolón a un mercachifle que pasaba por el camino real. (probablemente un antiguo camino que pasaba cerca de las que hoy son las estaciones Tropezón y Villa Bosch).Al parecer, Fiorini sospechaba algo, porque al llegar a la chacra se refugió en las habitaciones en lo alto de la casa, donde tendría su atelier, no quería bajar y permaneció todo el día hasta la hora de la cena. Ante la insistencia de Clorinda quien le había preparado una polenta, Fiorini bajó, pero armado de una bayoneta, sentándose en un sillón de la sala.En un descuido, su esposa le escondió la bayoneta y salió de la casa a avisar a Crispín que Fiorini estaba solo y desarmado. Gutierrez, acompañado de su hermano Remigio, entró con un pistolón en la mano, le disparó pero sólo lo hirió. Su hermano que estaba con una maza en la mano le di un golpe en la cabeza. Crispín se la quitó y continuó golpeándole regando con sangre la alfombra, el sillón y gran parte de la sala. Clorinda, que se había alejado de la casa en dirección al Palomar de Caseros con sus hijos y dos sirvientitas ignorantes, al oir el disparo volvió y se lamentaba, pero al parecer era puro teatro porque enseguida se repuso y ayudó a limpiar la sangre, lavando el sillón y el piso, y cortando una parte de la alfombra. Colocan el cadáver de Fiorini en un cuero y lo arrastran hasta la parte de atrás de un galpón, donde se tiraba la basura y allí lo entierran. Concluido el trabajo todos se fueron a dormir. Clorinda con su amante. Eran las 12 de la noche.

 Pasaron dos días y apareció un amigo de Fiorini buscando al pintor. La esposa le manifestó que se había ido a Buenos Aires y no había vuelto; y temía que algo malo le hubiera ocurrido. Este le respondió que trataría de averiguar y, al otro día volvió sin novedades. Clorinda y Crispín viajaron a Buenos Aires y al llegar fueron al domicilio de la persona que le facilitaba la habitación, quien enterado del asunto, les di la llave. Entraron y encontraron que la ropa no había sido tocada. Ante la sospecha de algo grave, la dueña de casa mandó llamar al padre de Clorinda, Don Carlos Sarracan, que trabajaba como empleado en la construcción de la aduana nueva. Cuando éste llegó y se enteró de la ausencia de su yerno, con quien no se llevaba bien, fue a la policía a efectuar la denuncia siendo atendido por el oficial Laurel.

Este tomó las providencias del caso y envió a San Isidro para que procediera la policía de allí, que era de donde dependía la chacra. Intervino el comisario de la Villa del Luján y el juez del crimen Dr. Miguel Navarro Viola.

En el diario “La Tribuna” del 14 de octubre, escriben varios amigos de Fiorini, denunciando que este había desaparecido el día 10 y se quejaban de la policía por la negligencia de investigar la misteriosa desaparición, mencionando la sospecha de que hubiera sido asesinado. Ante la delicada situación que se presentaba, parten para Santos Lugares el juez del crimen Dr. Miguel Navarro Viola y el comisario de la Villa del Luján. Los primeros sospechosos son los peones de la chacra, quienes son detenidos en averiguación.

El 25 de octubre se anuncia el hallazgo del cadáver, semienterrado bajo la basura, donde crecía una robusta planta de gomero. Como consecuencia de tamaña aparición, el diario “La Tribuna” se estremece publicando que la joven viuda, había dormido tantos días a pocos pasos del fatídico lugar. Pero al mismo tiempo, no dejaba de consignar que era sospechoso que los parientes de Fiorini, no mostraran interés por encontrarlo.

La situación de la viuda era comprometida, sin dejar de sospechar del capataz, de gallarda figura, de 24 años, quien al ser detenido manifestó “En Buenos Aires dicen que maté al patron”, y confesó haberlo matado porque creyó que haciéndolo atenuaría la pena, que era la pena capital, para él, para su hermano y para Clorinda.

Al tomar conocimiento la policía, de la enemistad entre Carlos Sarracan padre de Clorinda y su yerno, también es detenido por sospechoso y pone como defensor a uno de los más destacados juristas, el Dr. Carlos Tejedor.Al comienzo del juicio, la opinión pública se centró en la instigadora del crimen, quien se mostraba tranquila y fresca como si fuera inocente. Poco a poco van surgiendo detalles del hecho y, la comidilla en los Santos Lugares, era lo acontecido cerca de sus domicilios. En el transcurso del juicio se establece que el padre de Clorinda no tuvo nada que ver con el crimen, por lo que es dejado en libertad. El 6 de noviembre ya estaban designados los abogados: para los hermanos Gutierrez, el defensor de pobres. Clorinda que tenía como defensor al abogado de pobres, toma al Dr. Carlos Tejedor como su defensor.

Durante la acumulación de pruebas, se toma conocimiento que Clorinda había pedido el divorcio ante las autoridades eclesiásticas, pero no lo había logrado. Esto era un punto a su favor y ocurre lo inesperado; el público se pone de parte de la homicida. Los argumentos resultan adecuados para salvar a Clorinda de la pena de muerte.

Inesperadamente el fiscal pide 15 años de reclusión para Clorinda. No asi para los hermanos Gutierrez, para quienes pide la pena de muerte por ser ellos los autores materiales del hecho.

causa

Causa

Interviene el juez Dr. Miguel Navarro Viola y, a pesar de ser enemigo de la pena capital, condenó a muerte a la viuda de Fiorini. El suceso era demasiado escandaloso y su culpabilidad en exceso evidente como para la excepción. La sentencia debía ejecutarse el 2 de diciembre en la Plaza 25 de Mayo (actual Plaza de Mayo) y los cuerpos de los condenados permanecer seis horas colgando de la horca.

Las dos sirvientitas que tenía Clorinda Sarracan también fueron castigadas con cárcel por haber ocultado el crimen. La sociedad entera se estremeció y, encabezada por los periódicos, se movilizó en defensa de Clorinda. La condena a muerte fue la cuestión de esos días, y la gente se horrorizó al pensar que una mujer pudiera ser fusilada y colgada e la Plaza mayor de Buenos Aires.

 Muchos se compadecían de su desdichada vida matrimonial y veían en ella una victima. Otros se escandalizaban por el hecho de fusilar a una mujer; el recuerdo de Camila O’Gorman vino en ayuda de Clorinda. Y pedían que sea Camila la última mujer que haya subido al patíbulo en Buenos Aires, clamaba la prensa y el pueblo. El diario “La Tribuna” recogía firmas que en dos días ascendían a siete mil, en una población de 95 mil almas. Dos mil eran mujeres encabezadas por las Damas de Beneficencia que pedían gracia para Clorinda.

El Dr. Carlos Tejedor, había establecido como estrategia, alegando que Clorinda estaba embarazada, cosa que también había sucedido con Camila, pidiendo suspender la ejecución. El pedido de gracia para Clorinda fué escuchado por el gobierno y, el 29 de noviembre,

“En nombre del sentimiento público”, la Cámara anunciaba al Ejecutivo que el enjuiciamiento de los tres reos, se suspendía hasta que se consideren las peticiones. En 1868, la Legislatura de Buenos Aires aprueba el proyecto de ley que suprime los delitos aleves y da amplias facultades al Ejecutivo para conmutar la pena de muerte. Ello permitió a Clorinda, después de doce años de cárcel, pedir su libertad. Para los hermanos Gutierrez tal beneficio no se pudo dar porque mientras duraba el juicio, una noche en una revuelta que se produjo en la cárcel del Cabildo, huyeron junto a otros presos y no se los pudo hallar. El Gobernador Castro concedió la libertad a Clorinda en términos muy severos, haciéndole presente que el gobierno esperaba que a lvolver a la sociedad y a su familia observara en todo tiempo, una conducta irreprochable que demuestre haber merecido el acto de clemencia. Terminado el asunto, nada más se supo de Clorinda y sus hijos. Perdidos todos sus derechos quedó en la pobreza.”

Recordando estos acontecimientos es por ello que se decidió nombrar al pasaje “ Pintor Jacobo Lorenzo Fiorini”.

Tuve la oportunidad de ubicar al autor del libro “El crimen de Clorinda Sarracan”, el escritor Alvaro Abós. El tiene un blog :http://www.alvaroabos.com.ar/bio.php, donde hizo un breve resumen de su vida:

libroMe llamo Álvaro Abós y nací el 20 de octubre de 1941 en Buenos Aires, ciudad en la que he vivido siempre, salvo entre 1977 y 1983, cuando me exilié en Barcelona. Comencé a escribir muy temprano pero a publicar muy tarde. De mi primera y larga temporada de ignoto borroneador de papel sólo se conserva un cuento -–“Los estampidos”, publicado en cierta inhallable antología de la revista Hoy en la Cultura- y algunos artículos en revistas estudiantiles, o vinculadas a la llamada resistencia peronista, experiencia militante anterior a 1966, en la cual participé.

Me recibí de abogado en ese año y durante una década trabajé como asesor de sindicatos y abogado laboralista. De esta experiencia se nutrieron algunos de mis libros. Mientras tanto, fui un lector omnívoro y un caminador insaciable por las calles porteñas. La detención y martirio de mi maestro, el catedrático de Derecho Laboral Norberto Centeno, así como de otros abogados de esa especialidad, me forzó al destierro.
Me radiqué en Barcelona, donde cambié la abogacía por la escritura, transformando la vocación literaria en profesión, palabra que reivindico en su acepción original de “forma de la fe”.

Regresé a la Argentina con el deshielo y publiqué mis primeros libros: los ensayos La columna vertebral, El poder carnívoro, y Sindicatos y poder militar así como mis cuentos, reunidos en el volumen De mala muerte. Comencé a colaborar en diarios y revistas. Para la prensa española escribí muchas crónicas que cubrieron, para el diario barcelonés El Periódico, las transiciones a la democracia en los países del Cono Sur. También artículos en diarios como El País y revistas como Quimera o Claves. En Buenos Aires, mis columnas de opinión, en las revistas Humor y El Periodista de Buenos Aires y mis artículos sobre variados temas en Clarín, Página 12, La Nación, y muchos otros diarios y revistas, me han mantenido en contacto con lectores que no frecuentan libros (míos o de otros).

Desde entonces, mi vida son mis publicaciones.

Como a todo ser humano, en cierto momento me atrajo la acción; participé en algunos intentos de renovación política. Por ejemplo, el que se formó, a mediados de los ochenta, alrededor de la revista Unidos, dirigida por Carlos Chacho Alvarez. Fui coredactor y firmante de un manifiesto de intelectuales que se despidió del peronismo en 1985. También participé en la tentativa de conformar un polo de centro izquierda no peronista que encabezó el fallecido político Carlos Auyero.

El fracaso de estas experiencias, reflejadas en mi trabajo periodístico, no me quitaron ilusión ciudadana ni avidez por la política como tema de reflexión, aunque mantuvieron viva mi desconfianza ante la política como práctica.

Silvia M. Vázquez

ocho libros

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