Escritores invitados: Martin Ariel Bermello.

Aunque no es tan habitual, este mes contamos con la participación de un joven escritor y guionista argentino, Martín Ariel Bermello, quien ha participado en el concurso La Lupa ediciones organizado en 2013.

Martín  cursa sus estudios en psicología en la UBA y ha dictado talleres de narrativa en la casa de la cultura de Temperley. Se desempeñó como voluntario en Zoonosis Lanús, colabora con el proteccionismo animal y actualmente trabaja como acompañante terapéutico.

Ha obtenido una mención: “reconocimiento Participación en la Escuela de Artes Plásticas del municipio de Lanús en el año 2013.

Su cuento “La guía de Escalada” fue seleccionado FOGABA-SAPEM y ha editado junto con otros colegas la Antología “Puro Cuento” Pseudónimo Ricardo Maldonado.

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Martín comparte un cuento de su autoría para los lectores de La Lupa Cultural.

Orgullos

Esa tarde ese uniformado con cara de pocos amigos que aguardaba en la sala de espera del consultorio, ingresó luego de que despidiera a la Sra. Eduviges cuyos fantasmas aún revoloteaban juguetones, negándose a abandonar la sala. Uno incluso tuvo la osadía de acercarse al perchero, agitando levemente mi saco de invierno, tratando de hacer amistad con alguno de los míos, que ya se habían acostumbrado a quedarse dormidos en la rutina de sacarme yo el abrigo, colgando pasado, presente y futuro, sean del color y la tela que sean, para volcarme nuevamente su liviano peso al terminar la jornada.

 El suboficial extendió la mano con una nota y le hizo un ademán al sujeto de cara angustiosa, temerosa que lo acompañaba, para que se siente frente al escritorio, sin mi permiso.

 Si bien era la primera vez que me ocurría algo semejante y me sentí, debo confesarlo, algo intimidado y arrebatado del poder que me confería el saber. Pensé en los años de estudio, las prácticas en el hospital y en aquella frase que me había dicho el director de la clínica tres semanas antes, cuando me ascendió a ese puesto jerárquico y yo me estremecí de orgullo.

  • Acá sí que va a hacer carrera López, el abanico de posibilidades en cuanto a crecimiento profesional que usted tiene es inmenso. “Que jamás lo avergüence el orgullo, pero sepa manejarlo, no vaya a ser cosa que lo traicione”.

 Antes de tomar nota contemplé unos segundos a los dos sujetos delante de mí. Uno pulcro, prolijamente afeitado, de mirada imperturbable y actitudes también imperturbables. Un tipo recio y listo sin duda, como los cientos que ya había tratado en su deseo de ser felices. El otro sujeto tenía la cabeza rasurada casi al ras, una cicatriz en el parietal derecho ya vieja, barba de tres o cuatro días, pupilas dilatadas y mirada errante, suplicante.

Sin preámbulos el uniformado agitó la nota y me miró fijo. Un acto sin palabras, sostuve la mirada y tomé el papel de mala gana, haciéndole entender con ese gesto su falta de modales y buena cortesía. Pero a éste pareció no importarle. Ni bien tuve la nota entre mis manos se retiró no sin antes mirar al que estaba sentado de forma tal que me causó escalofríos.

 Lo que leí fue más o menos esto:

“Tengo el agrado de dirigirme a Ud., los autos caratulados xxx sobre insanía., que tramitan ante este Juzgado Nacional, primera instancia en lo civil y comercial, a cargo de H, secretario L sede del juzgado, 06/06/2016 atento a lo resuelto en el informe médico decreto la internación de la persona x, en la Clínica Z, por medio de la fuerza pública a cuyo fin librase de oficio la Policía Bonaerense y el director del Nosocomio. El director deberá informar si el internado recibe visitas. No se le puede negar al internado la visita de su representante legal. En caso de que la internación deje de ser conveniente para su recuperación el Director del establecimiento deberá informar al Juez y expedirse sobre eso, en el caso que no se comunique ninguna objeción en el plazo de 48hs, el director deberá otorgar la externación y hacerlo saber dentro de las 24hs siguientes a que se llevó a cabo la medida. Con el fin de hacer público por los medios de comunicación, si así correspondiere, la tenencia, guarda o custodia del individuo x. También indicarse en el caso, de ser posible el lugar de residencia futura así como individualizarse la persona que se hará cargo del externado y en su caso manifestar lo innecesario de esta última precisión. Comuníquese al director para autorizar las salidas periódicas del internado fuera del establecimiento”.

 Levanté la vista del papel y miré fijamente a los ojos, mostrando comprensión y distancia al mismo tiempo, como siempre, y le dije:

Buenas tardes – limitándome a esperar.

Aquel hombre delgado y enjuto, cuyas pupilas recobraban su tamaño original mientras la falta de mímica iba cediendo, respondió lo que tantos otros:

  • Yo no estoy loco doctor –
  • No soy doctor, soy Licenciado. Le respondí, y seguí leyendo el informe a la espera de alguna elaboración de su parte, aunque en ese estado…

“Paciente argentino de 34 años de edad que ingresa a la institución acompañado de custodia policial de la comisaría D con indicación de internación psiquátrica emitida por el juzgado x, paciente que porta un trastorno psicótico crónico en proceso de rehabilitación, presenta un cuadro delirante escasamente sistematizado con contenido persecutorio de contenido inverosímil siendo el objeto persecutorio su cuñado, la pareja de éste y su padre. Estas personas confabularían contra el paciente con la finalidad de apropiarse de sus bienes, unos departamentos y vehículos, iniciándole un juicio de insanía”

 Si bien por ese entonces era joven aunque con bastantes años de clínica, mirando el papel sin leerlo, dejé que mi raciocinio y mi lógica me guiaran por el camino correcto y no terminara teniendo que ir a declarar a algún juzgado por los actos del paciente u otras variables. La derivación sería lo más sensato, terminé por pensar y levanté la vista.

 La imagen del sujeto temeroso bajo los efectos de las drogas se había ido, y en su lugar surgieron una mirada fuerte, segura y con rabia, con bronca. Sus mandíbulas apretaban como fuertes aceros tensando músculos faciales. Y justo antes de hablar, se secó una incipiente lágrima, se acercó un poco hasta mí aferrando fuertemente los apoyabrazos de la butaca. Me dijo:

Doctor, perdón, Licenciado, como le dije, yo no estoy loco, y mirando hacia ambos lados, como si pudieran escucharlo, dijo bajito esta vez: tengo miedo de hablar, todo lo que dice ese papel es mentira, sé muy bien quien  y como soy, y estoy orgulloso de ello, pero… tengo miedo.

 No respondí, seguí leyendo:

“El paciente acusa a su padre de confabular contra su madre y la nuera con la finalidad de apropiarse a una cifra cercana a xxx

 Seguí con la mirada en el informe otra vez sin leerlo, dándole rienda suelta a mi capacidad y experiencia. Demasiados tecnicismos para mi gusto, y si bien en mis años de estudiante había aprendido hasta casi el hartazgo que en la práctica no esxisten ni la subjetividad ni la objetividad puras, desde aquel día de mi juramento en la entrega de diplomas, incluso desde mucho antes, cuando los fantasmas del  perchero de mi consultorio quizás estaban emergiendo a la vida, yo ya conocía la intersubjetividad aunque no exactamente con ese término.

 Algo me decía que el médico Psiquiatra que estampó su firma en aquel informe sólo había querido hacer el diagnostico según el DSM o la OMS, manuales de psiquiatría y organismos internacionales, todo muy estructurado. Antes de registrar lo que dijo el paciente, el Psiquiatra anotó: “trastorno psicótico crónico”, “cuadro delirante escasamente sistematizado con contenido persecutorio de contenido inverosímil”, o términos más específicos de la semiología como “delirio”, o sea, una enumeración de signos y síntomas.

 Esta vez el paciente habló sin que yo despegara la vista del papel, sin que yo haya preguntado nada :

  • Lo que digo Licenciado es que no estoy loco, o tal vez sí, ¿Quién no lo está un poco? Pero si me van a juzgar como un insano mental, quiero que sepa que el miedo me paraliza a veces, cuando me decido a hablar. Entonces entra en mi celda un cana que le responde al rati que me trajo hasta aquí y le entregó a Ud. ese informe, me da una pichicata y dejo de ser yo. Entonces escucho entre risas, golpes, sonidos de llaves y barrotes, lo que le van a hacer a mi vieja y a mi cuñado si yo abro la boca. De esto hace como siete u ocho años, mi vida se transformó en un calvario, en una época me creí omnipotente, casi dios. Después vinieron las amenazas sutiles a mí y a mi familia, los golpes, la violencia psicológica. Las mentiras, las confabulaciones y ¿sabe qué? Soy un tipo instruído, pero tengo la carne débil, como cualquier mortal, hasta sentí perder mi condición de sujeto, de ser humano. ¡Son esos policías hijos de puta los que se quieren quedar con lo que nos dejó mi abuelo! – Y rompió en llanto.
  • Hice lo que consideré correcto en ese momento: seguí elaborando la historia clínica, la parte de los antecedentes (no sé porqué recordé al actor Alberto Olmedo en una de sus cómicas películas preguntarle a un tipo con un balazo en el pecho si de chiquito jugaba a las figuritas con los compañeritos). Fui a ver al director, después de treinta minutos de espera ingresé a su despacho, le entregué la historia clínica. Me pidió un diagnóstico presuntivo. Le dije que necesitaba unas cuantas entrevistas más para exponer eso por escrito. El director se paró, me invitó a sentarme en su cómodo sillón y dijo:
  • – ¿Sabés pibe los diagnósticos en cinco minutos que tuve que hacer para estar sentado ahí? Andá, redactálo completito, firmálo y me lo traés en veinte minutos.
  • Sí Doctor – contesté.

 Salí de su despacho, en el camino hacia mi consultorio me los crucé al uniformado y al paciente. El primero me miró con una sonrisa pedante, el segundo con ojos de súplica. Me senté por fin en mi escritorio, las manos me temblaban y me sudaba la frente. Un fuerte viento repentino hizo caer el portarretrato con la foto de mi esposa e hijos. Cerré las ventanas, largué todo lo que me salió en un corto y conciso diagnóstico presuntivo. Fui nuevamente al despacho del Director, se lo entregué, sin esperar ni pedir permiso me retiré, bajé los tres pisos del  edificio por las escaleras y ya en la puerta de la clínica los mocos y la saliva que se habían juntado en mi garganta, salieron sin el menor decoro en forma de escupitajo hacia las baldosas blancas con vetas negras de la vereda.

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 Me tomé un subte no sé dónde y algún que otro tren no sé cuando, sin embargo me encaminé a mi destino.

 Seguramente el director del hospital estuviera releyendo mi diagnóstico:

Que jamás lo avergüence el orgullo, pero sepa manejarlo, no sea cosa que lo traicione”.

Lic. Ignacio Rudolph. Psicólogo, UBA

 Demás está decir que renuncié a mi empleo, no pisé jamás esa clínica. Ninguna otra institución de la salud mental. Me dediqué al oficio de escritor.

Gracias Martín por tu participación en La Lupa Cultural.

ALFREDO LEGNAZZI

Periodista – Escritor

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