Letras: El poncho, típica vestimenta sudamericana

b58543c00fa3b637732d8eff9a7c536fEse abrigo de diseño sencillo, que consiste en un trozo rectangular de tela, generalmente pesada y gruesa, es una prenda típica de Sudamérica. En el  centro lleva un tajo para pasar la cabeza. La tela se deja caer sobre el cuerpo y esto  permite mover con facilidad los brazos.

Raro es encontrar que la historia de esta prenda se remonte a los griegos y romanos, cuando hacen referencia a la prenda de idéntico corte que usaba la hija del rey Tiro y el hijo de Anquises, según lo redacta Virgilio en sus poemas.

El origen etimológico de la palabra es discutido. Diego Abad de Santillánseñala que es una castellanización de la voz quechua punchu, con el mismo significado; y según Lafone Quevedo podría relacionarse con punchaw, «el día», por la asociación simbólica entre sacar la cabeza por el tajo del poncho y la salida del sol.

Para María Millán de Palavecino (autora de “Tejidos chaqueños”) , el nombre de esta prenda tendría su origen en el mapudungun,si bien pontro significa «frazada» y poncho se dice makuñ. En un estudio sobre la historia del poncho en Argentina, se dice que la primera mención escrita del término en el territorio data de 1714 y que en un documento de 1737 se alterna el uso de «poncho» y «frezada» para una misma prenda.

Makuñ mapuche

Don José de San Martín cubría su uniforme francés, el General Lamadrid y el General Paz, Las Heras, Quiroga y Dorrego, así como Rosas y los curas Brochero y Salvaire, lo utilizaron como una prenda única. Artigas lo lucía en combate y Urquiza desfiló por la calle Florida vistiendo traje de parada, sombrero de copa alta y  poncho listado.

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San Martín con su poncho

Los blancos y celestes como el que usaba el General Lavalle, el rojo de Guemes fueron históricos.

En Bolivia, lo usan los campesinos de origen aimará, y son de variados colores, según rango.

En Chile algunos trabajadores de campo, lo usan, y grupos juveniles lo adoptaron como parte de su uniforme, como Quilapayún o Inti Illimani.

Pasamos a Colombia, en la Región Paisa y de clima templado de Boyacá es parte de la indumentaria típica.

En Perú, se usa en la población campesina, según regiones.

En Venezuela, es la indumentaria de los “gochos” y en menor medida en Tachira.

Hasta en Brasil, Río Grande del Sur, es usado en el campo, y en los grupos folklóricos.

Volviendo a nuestro país: la Fiesta  Nacional e Internacional del Poncho, es considerada como la “expresión más importante en cultura de la provincia de Catamarca”. En este caso es el  poncho de vicuña, hecho por teleras y con fibra autóctona doméstica.

Existe también el poncho militar. Es impermeable y mimetizado, para protegerse de la lluvia, el rocío y forma una capa aislante que disminuye la pérdida de calor al mismo tiempo que crea una capa térmica que aisla de las variaciones de la intemperie.

Diferentes ponchos en Argentina

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En Argentina hay variedades, según la zona. Los de guarda atada, o guarda pampa o mapuche e india, recreados en la ciudad de Belén, Catamarca (que dicho sea de paso, es la Capital Nacional del Poncho). El salteño, de color punzó con franjas negras se hizo en señal de luto por la muerte de Güemes.

En Jujuy el poncho tiene bandas de color marrón, ocre y beige, en forma vertical.

En Tucumán, es marrón con bordes bordó. Fue oficializado en 2004.

El poncho mapuche es rojo y azul oscuro. Tienen una tradición larguísima en el tejido de los mismos, ya que es mucho más que una ropa, es un carnet de identidad de quien lo lleva. EL de los caciques tiene una guarda con un motivo geométrico particular, con ángulos rectos y en forma de cruz. Es lo que hoy llamamos guarda pampa. La vajilla y accesorios de la línea aérea nacional se ha inspirado en ellos.

En La Pampa se usa el poncho calamaco, de tonos parduzcos, y el llamado “patr ia” de color azul y revestido de bayeta roja.

Según el Martín Fierro, el poncho era utilizado en duelos a cuchillo, enrollado en la mano izquierda que servía de escudo.m Fierro poncho

Expresiones

“alzar el poncho”:  rebelarse

“no permitir que le pisen  a uno el poncho”: no dejarse avasallar

“donde el diablo perdió el poncho”: nació de un cuento popular y se refiere a un lugar muy lejano.

DONDE EL DIABLO PERDIO EL PONCHO (Leyenda)

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Hace muchos años, en las pampas argentinas, vivía en su establecimiento un señor solterón y viejo, bastante ermitaño. Era un ladrón barato de corderos y gallinas. Nunca le rezaba a Dios y practicaba la hechicería. Era muy agresivo y sucio.

Vivía, pues, en pecado mortal y sin intención alguna de apartarse de éste. Con decir que no iba al pueblo sino a la muerte de un obispo, está dicho que no oía misa y con expresar que se pasaba las noches maldiciendo, queda expresado que no ocupaba su tiempo en rezos. Al saberle así, la gente murmuraba de él que era candidato seguro al infierno.

Cierto día le cayó a su rancho un forastero en calidad de alojado. Era un tipo joven y buen mozo, y desde que llegó hasta que se puso en camino de irse, no se quitó el poncho que llevaba puesto, un poncho colla a franjas, grueso y tieso, de color rojo y negro, que le cubría desde el cuello hasta los talones. Tenía las orejas algo puntiagudas y los ojos rojos y penetrantes, y por debajo del poncho se podía ver la punta de lo que pareciera ser su cola roja.

Poco tardó en ganarse la voluntad del dueño, a través de su mirada encantadora y, lo que es más, su confianza. Al fin consiguió aquello tras de lo cual había venido: llevarse al dueño de casa por camino largo y con pretexto de regalarle una estancia que dijo tener allá a la distancia. Partieron los dos bien montados, el uno con su cómoda chaqueta viajera y el otro embutido en su poncho.

Nadie sabe de qué trataron en el camino, ni qué hizo el uno con respecto al otro. Nada propio de cristianos debió de ser, si se juzgan las cosas por las que después sobrevino. El hecho es que seguían tirando para adelante, cada vez por más lejos de los caminos conocidos.

Entre tanto una de las vecinas que el campesino tenía en casa y molía con él en la molienda, entró en serios temores acerca de él. Desde un comienzo el emponchado no le había caído en gracia, y con esta prevención empezó a tener recelos en su contra. Tales recelos se hicieron mayores con la inesperada partida de ambos. Y tanto, que al día siguiente determinó ir en su alcance.

Guapa, valiente y práctica en monturas y viajes, como era, ensilló un caballo y salió al trote largo tras de los caminantes. Sin aflojar el trote, sino para echarle al galope, le fue suficiente ese día con su noche para lograr el arriesgado intento.

Era ya día claro cuando dio con ellos, en momentos en que se disponía para proseguir la marcha. Colocándose frente a los dos se dirigió a su conjunto, gritándole como angustiada:

 

-¡Ni un paso más, o te perdés para siempre!

 

El del poncho se apresuró a replicar, entre calmoso y ofendido:

 

-¿Quién sos vos para impedir a éste que vaya conmigo?.

 

La mujer alzó entonces el grito:

 

-Te conozco a vos: ¡Sos el mismo Mandinga!.

 

Al decir esto hacía la señal de la cruz, enérgica. El sujeto empezó a recular protegiéndose los ojos con la mano y el antebrazo.

La mujer llegó a mayores efectividades. Esgrimiendo el látigo que tenía en la mano empezó a descargar sobre seguro una lluvia de latigazos, mientras le apuntaba con una cruz de rosario. No necesitó de mucho para lograr su objetivo. El diablo, pues se trataba de éste, vivito y coleando, emprendió la fuga. Y con tanta precipitación hubo de proceder, que dejó prendido el poncho en una rama.

Fue así de cómo una mujer pudo más que el diablo, quitándole su presa y haciéndole perder el poncho.

De allí viene el dicho “está tan lejos, ¡por donde el diablo perdió el poncho!”, debido a la gran distancia a la que el diablo llevó al viejo ermitaño para comerse su alma y convertirlo en devoto del infierno.

imagesOtra versión

En una de las leyendas que alude a un lugar remoto, el gobernador de Chile, don Ambrosio O’Higgins, padre de nuestro prócer Bernardo, habría inmortalizado la frase del encabezado en su recorrido por el norte de Chile, en 1778. Ninguno de los gobernadores de esta capitanía, a excepción de Pedro de Valdivia, había incursionado por las provincia del norte llegando hasta lo que hoy es el puerto de Caldera. Luego descendió a Copiapó, la antigua San Francisco de la Selva. La inspección territorial le tardó siete meses, partiendo en octubre de 1788 para volver a Santiago en abril de 1789. No había caminos, sólo huellas y muy a lo lejos, poblados perdidos que él fue consignando en los mapas. Refundó Vallenar, vitalizó las actividades mineras y comerciales de la región y sobre todo, le dio reconocimiento a una región aislada haciéndose presente y asegurando que ahí donde el Diablo perdió el poncho, el Gobierno se hacía presente y escuchaba sus preocupaciones. La frase la habría pronunciado tendido mirando las estrellas luego de una jornada de cabalgar ochenta kilómetros, exhausto, pero seguro de que sólo el conocimiento de un territorio y sus gentes le permitiría dictar las leyes que engrandecerían ese confín del mundo. Todo el duro y aislado territorio donde, según don Ambrosio O’Higgins, el Diablo habría perdido el poncho. Demasiado lejos, sin embargo, tanto que aún en estos tiempos escasamente los políticos le dan una vueltita, salvo para los terremotos.

Como ven, hay diferentes versiones, pero el tema es que en algún lugar  muy lejano ha quedado el poncho del diablo. Mejor no lo busquemos…

Silvia M. Vázquez

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