Reflexiones: El talón de Aquiles

Uno de las historias más conocidas de la mitología griega es la del talón de Aquiles. Aquiles fue el principal héroe de la guerra de Troya y tenía una gran fortaleza  física y una de las versiones más comunes es la que cuenta como su madre Tetis lo sumergió en el río Estigia para volverle inmortal tomándolo del talón, que nunca toco el agua. Por lo que Aquiles terminó siendo casi invencible, pero no inmortal.

Es muy común, cuando hablamos de alguien que parece ser muy fuerte, no necesariamente bueno, ya que puede tratarse de un villano, decimos o nos preguntamos ¿Cuál será su talón de Aquiles?

Por otra parte, dentro del afán de superación que tenemos, para que los males no nos afecten cuando soportamos agresiones de los demás y a merced acción psicológica (a veces  superior  y al servicio del mal) que tienen muchos villanos,  rogamos que no encuentren nuestro talón de Aquiles.

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En el mito, el talón de Aquiles es una parte física del personaje, pero en la vida cotidiana, en la cual no confrontamos utilizando la lucha cuerpo a cuerpo, no cortan nuestro talón con una espada o con una flecha, pero las agresiones entran a nuestra alma con palabras hirientes, que lastiman, que desean descolocarnos, hacernos daño. Es por eso que cada uno de nosotros tenemos nuestro talón de Aquiles.

Más allá de la comparación que sirve como ejemplo, cuando nos sentimos vulnerables deseamos que alguien nos sumerja en un supuesto río Estigia y que nada nos afecte.  En algunas oportunidades pareciera que queremos ocultarnos dentro de una armadura y así ser invencibles. Pero la gran paradoja de tener una armadura es justamente estar oculto. Nadie nos ve. Los proyectiles rebotan, pero sentimos los ruidos, y además nadie aprecia nuestras virtudes. Nuestro lenguaje corporal, producto de nuestras acciones y consecuencia de nuestros pensamientos permanece en las sombras. Nadie nos daña, pero tampoco nadie nos ve ni nos aprecia. Parecería que no somos humanos.

Es decir que conceptualmente la idea no es ocultarnos, sino hacernos fuertes. Si sufrimos algún mal, por el cual se manifiestan nuestras debilidades, podemos viajar lejos del epicentro que lo generó, pero sin duda el mal viajará con nosotros.

Nuestro talón de Aquiles nos acompañará.

Pensaba en forma metafísica, siempre, en todo momento y nuevamente puedo comparar el cuerpo, el alma y los objetos.

Lo más común podría ser un auto. ¿Cuál es el talón de Aquiles de un auto? La respuesta es la falta de mantenimiento. Sabemos que las piezas que componen el motor, el sistema eléctrico y la carrocería se desgastan, por lo que un buen mantenimiento lo hacen menos vulnerable, por lo menos a situaciones cotidianas.

¿Qué ocurre con nuestro cuerpo?. El gran aliado de nuestro cuerpo es la alimentación y el ejercicio físico. Una alimentación balanceada nos da los nutrientes necesarios para que nuestro cuerpo no se lastime, para que no se lesione. El ejercicio físico nos da confianza y salud, y por qué no, mejora nuestra estética. Conservando la relación peso- altura que los médicos han establecido podemos estar en armonía con nuestro cuerpo. Así disminuimos nuestras debilidades, no dejamos entrar a las enfermedades, soportamos mejor los golpes y tenemos un bienestar general superior.

¿Qué ocurre con el alma? ¿Dónde está el talón de Aquiles de nuestra alma? ¿Qué nos hace vulnerables? Las falsas creencias, aquellas que arrastramos desde nuestra infancia, aquellas que nos hacen creer que somos seres despreciables, malos, ineptos, feos, que no tenemos virtudes. Aquellas con las cuales por circunstancias diversas han llenado nuestro subconsciente y las hemos creído. Y como consecuencia nos sentimos ofendidos o agraviados cada vez que esas situaciones se repiten. ¡Que enorme es el deseo de no ser tan vulnerables! ¡Como nos reprochamos no salir airosos de ciertas situaciones que nos molestan!

Siempre escuchamos que el cambio está en nosotros, que modificando la actitud el mundo que gira a nuestro alrededor cambiará. No es tan fácil. Es cierto, pero es más difícil cuando nunca empezamos. Siempre se empieza por el principio. Y el principio comienza cuando tomamos la decisión de cambiar y actuar en consecuencia.

O sea, del análisis debería pasar a la reflexión y de la reflexión pasar a la acción.

Vuelvo a aquella frase: el deseo mueve la voluntad, la voluntad mueve los actos y según los actos será nuestro destino. Somos forjadores de nuestro destino.

La construcción se hace día a día, siendo constante, levantándose temprano y planeando hacer algo útil y positivo, fortaleciendo nuestras virtudes, rodeándonos con gente que nos quiere y devolver ese amor de la misma manera.

De esa forma no necesitaremos ninguna armadura.

Se me ocurre hacer una comparación de nuestro ser con la madera. La madera es un elemento noble, pero virgen puede ser vulnerable. Se puede rayar, ensuciar, deteriorar. Si la barnizanos la estamos protegiendo. El barniz nos da brillo, pero es transparente. Nadie duda de que somos  madera, nuestras virtudes están a la vista, pero el barniz nos protege.

Un buen cuerpo, una buena madera. Un buen barniz, un espíritu fuerte.

Nuestro talón de Aquiles cada vez será más lejano.

ALFREDO LEGNAZZI

Periodista – Escritor

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