Escritores invitados: Claudia Baralla, escritora de Villa del Parque

La conocimos en Villa del Parque en el concurso organizado por el Rotary Club, en el mes de mayo de 2013  y fue una de las ganadoras, sacando el segundo premio en Cuentos Breves.

El sueño de Claudia es publicar su propio libro de cuentos y hoy publicamos en  La Lupa un  bello cuento de su autoría.

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 Reflexiones de un hombre enamorado

 Esa noche de Junio encontró a Diana y a Lucho sentados frente a la chimenea, tomando café y recordando. Era su veinticinco aniversario de boda.

-Las Bodas de Plata Diana, ¿no te parece que fue ayer cuando nos casamos?, preguntó lucho con voz melosa.

-A veces si, a veces no, contestó Diana mirando fijamente el fuego.

-Yo, recuerdo cada momento de ese día, desde que me levanté, bien temprano, más que de costumbre. Quería disfrutarlo completo, grabar en mi memoria cada instante. ¿Y vos lo recordás  Diana?

-A veces si, a veces no, contestó Diana mirando fijamente el fuego.

-Y cuando te vi entrar en la Iglesia, me pareciste un ángel que venía hacia mí. Tu paso lento acompañado por el Ave María, que hermosa estabas. Yo, temblaba Diana, quería correr hacia vos, abrazarte, llenarte de besos, decirte que te iba a hacer la mujer más feliz del mundo. Que mi vida era tuya, dijo Lucho con voz conmovida. ¿Y vos te acordás de la Iglesia, y la música?

-A veces si, a veces no, contestó Diana mirando fijamente el fuego.

-Después, la fiesta que nos regalo tu papá. ¿Te acordás que te torciste el pie y apenas si pudimos bailar el vals? ¿Y te acordás que por los nervios tuviste un ataque al hígado y casi no pudiste probar bocado? Que mal me sentí por vos Diana. Mi sueño era darte un día perfecto, inolvidable. Si hasta en las fotos, en tu cara, se nota lo mal que te sentías. ¿Te acordás mi amor?

-A veces si, a veces no, contestó Diana mirando fijamente el fuego.

-Y la luna de miel, ¿te acordás que decían  que era la mayor nevada en tantos años en Bariloche? Que hermosos paisajes, las montañas, el lago, los árboles, la nieve. Qué lástima que el frío te hiciera tanto daño. ¿Te acordás que estuviste toda la semana con dolor de cabeza?

-A veces si, a veces no, contestó Diana mirando fijamente el fuego.

-¿Y te acordás de nuestra primera pelea? Me acuerdo como si fuera hoy. Habías hecho un guiso y en vez de ponerle sal le pusiste azúcar. Y cuando te dije que estaba un poco dulzón, saltaste como leche hervida, me dijiste que te habías pasado todo el día cocinando  y todo para que, hombre desagradecido, me dijiste. Que no aceptaba una mínima equivocación. Me acuerdo que agarraste la olla, saliste de casa y tiraste el guiso al medio de la calle. ¿Te acordás Diana, te acordás?

-A veces si, a veces no, contestó Diana mirando fijamente el fuego.

-Por dos días no me hablaste y no pisaste la cocina. Qué carácter tiene esta mujer, pensé. Y te amé más. ¿Te acordás Diana que no me hablaste por dos días, te acordás?

-A veces si, a veces no, contestó Diana mirando fijamente el fuego.

-¿Y te acordás que te traje dos docenas de rosas rojas y un poema escrito por mí, para pedirte perdón?

A veces si, a veces no, contestó Diana mirando fijamente el fuego.

-Tengo que hacerte una confesión, mi amor, ya sé que después de tantos años no tiene importancia, pero si no te lo digo siento como si te mintiera. Ese poema no lo escribí yo, es de un tal Yeats. Lo encontré una vez en el diario y lo guardé…. Mientras Lucho decía estas cosas Diana quitó su vista del fuego, giró su cabeza lentamente hacia donde estaba su esposo y sin dejarlo terminar de hablar, saltó del sillón y en tono despectivo le dijo, -ya decía yo que un perejil como vos no podía escribir esas cosas. Cuantas mentiras me habrás dicho a lo largo de esta vida juntos. Me voy a dormir, mientras se alejaba iba gritando, -pobre de mí, que vida he tenido. Mi matrimonio ha sido una eterna mentira. Y yo dando todo de mí. No doy más, no doy más. Y se escuchó un portazo.

Lucho se quedó frente al fuego mirándolo fijamente. Estaba muy cerca de la chimenea, pero estaba helado. Dos gruesas lágrimas corrían por su rostro. Mientras rememoraba esos veinticinco años juntos, se permitió sincerarse, por primera vez. Y se dijo a sí mismo,- Lucho, Lucho, no sos un perejil, sos nada más que un hombre enamorado. Quizás no tengas imaginación para poner por escrito tus sentimientos y por eso robas las palabras de otros, que quizás no tengan tus sentimientos.

Vos sabías desde un principio que el corazón de Diana nunca sería tuyo, y aún así la amaste hasta la locura. Pensaste que tu amor alcanzaría para los dos. Pero no sirve, Lucho, no sirve, una pareja se hace de a dos. ¿O acaso ya te olvidaste de aquella vez que encontraste debajo de la cama, una valija con su ropa y un pasaje de tren a Mendoza para el día siguiente? No dijiste nada. No la enfrentaste. Tuviste miedo. ¿Miedo de qué? ¿De qué hubiera otro? No Diana no. No sería capaz. No está en su esencia. Y al final no se fue. ¿No tuvo el coraje? ¿O quería quedarse con vos? No Lucho, vos sabes que no tuvo el coraje. Y con eso contaste todos estos veinticinco años. Le diste todo para que no se fuera. ¿Y para que te sirvió Lucho? ¿Para qué? Sos el esclavo de Diana. Vivís a su sombra. Ves por sus ojos. Le diste todo y ella cree que sos un perejil. Lucho avivate, no solo no te ama, te desprecia. Y ahora ¿qué vas a hacer? ¿Pensás vivir los próximos veinticinco años así, sabiéndote despreciado por la mujer que adoras?

¡No!, voy a tratar de enamorarla, reconquistarla, escribirle poemas. ¿Para qué Lucho?, hay mujeres que son de mármol y vos tenés una. ¿Qué vas a hacer Lucho?  Por ahora me voy a dormir, y gracias a Dios al lado de Diana. Mientras se dirigía a su dormitorio iba recitando en voz baja el poema de Yeats, que para él, a lo largo de tantos años se había convertido casi, en una plegaria,

Si tuviera las telas bordadas del cielo

labradas con dorada y plateada luz,

las azules, las mortecinas y las oscuras telas

de la noche, la claridad y la media luz,

bajo tus pies las tendería;

mas, como al ser pobre solo mis sueños tengo,

mis sueños ante tus pies extiendo;

pisa con suavidad, pues pisas sobre mis sueños.

Repitió varias veces la última frase, pisas sobre mis sueños, pisas sobre mis sueños, pisas sobre….el corazón de Lucho estalló de tristeza y cayó sin vida y ya sin sueños en la puerta de su dormitorio.

Claudia Baralla.

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Gracias Claudia por tu aporte a La Lupa Cultural

Alfredo Legnazzi

Una Respuesta a Escritores invitados: Claudia Baralla, escritora de Villa del Parque

  1. Jorge Sombra dijo:

    ¡¡¡Qué final Claudia, dramático e inesperado!!!
    Responde a la esencia del cuento.
    Te felicito

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