Letras: Cuento: Desde el fondo

pozo

Tarde de otoño ventosa. La lluvia no quería asomarse y la tierra parecía talco que se pegaba a  la ropa. Tarde de mate y charlas. Así comenzó él a contar la historia tan extraña.

Habían trasladado a mi papá a un puesto policial abandonado, en las Salinas, La Pampa. a cinco kilómetros de toda civilización.

Llegamos ahí, mi madre, mi padre, mis tres hermanos y yo. El menor era apenas un bebé que gateaba sobre el piso áspero del puesto, que años atrás había albergado a otra familia, de la que nadie quería acordarse.

Días después de haber llegado, mi padre ya había asumido su cargo, y la familia estaba dedicada  cada uno a sus tareas. Cuando mamá se preparaba para darle de comer al bebé, escuchaba a lo lejos el llanto de un niño. Corría, pensando que mi hermano la reclamaba, pero al acercarse, lo veía dormir profundamente.

Tal vez creyó que le faltaba acostumbrarse a los ruidos de la casa, alejada de todo, o que debía recorrer cada rincón antes de quedarse sola con los chicos.

Al frente, una cocina precaria: mesa, sillas, un aparador de madera traído de Catriló, propiedad de mis abuelos. Detrás las dos habitaciones. En una dormíamos los varones y en la otra mamá y papá. Un bañito poco cómodo y el patio. En el fondo, un cerco de ligustres dividía la casa del puesto, y en el medio, un aljibe en desuso, un balde oxidado y agujereado.

Jugábamos en el patio de baldosas gastadas por el viento salitroso y rodeados de altos pastizales que no s servían de escondites secretos durante las tardes de siesta.

Mamá fregaba la ropa en el piletón alto y decorado con venecitas color tierra que estaba en el fondo.

Otra vez la hora de la comida del bebé, otra vez el llanto.. Corrió hasta el dormitorio y dormía placidamente. Pensó que estaba volviéndose loca por el poco contacto con la gente y decidió comentarlo en la cena.

Atentos a la charla, mis hermanos y yo dijimos que también habíamos oído aquel llanto, pero ninguno de los tres habíamos ido a ver si era el bebé.

Al menos coincidíamos en que mamá no había perdido el juicio. Mi padre escuchó atento pero, como hombre de pocas palabras, no hizo comentario alguno.

El fin de semana decidió ir hasta el pueblo por provisiones. Allí. Comenzó a charlar con la gente y a averiguar algo acerca de los antiguos habitantes de la casa. Un par de parroquianos que estaban sentados tomando una ginebra, largaron la lengua:

 

         Aquel puesto estuvo deshabitado por años. Nadie quería ir ahí, y menos vivir, después de lo que se decía…

          Bueno, pero  ¿qué se decía?

          Ud ya va a saber. Lo único que le digo es que es de veras- dijo el más sobrio- es de veras lo que  decían. Por algo “ellos” se fueron tan apurados.

         Es que eran medio raros, vio…Casi no salían de ahí.

 

Mi padre esperó a ver en qué terminaba la historia. Pero quedó en eso. EL hombre salió del bar y nunca más lo vio.

Volvió a casa decidido a revisar a ver si encontraba algo extraño. Su día franco lo dedicó a la limpieza que faltaba por la mucha atención de mamá hacia nosotros. Cuatro varones eran bastante ocupación. Sacó de las cajas lo que quedaba por ordenar y acomodó cada cosa en su lugar. Había pasado un largo rato. Se acercaba la hora de la comida. EL mismo oyó el llano del bebé.

 

-Dije que yo me ocupo, ud vaya preparando la mamadera que la llevo yo.

 

Fue al cuarto, el bebé dormía boca abajo, y nosotros estábamos en el patio de atrás jugando con autos viejos y puentes hechos con maderas y ramas.

Cerró la puerta, pasó por la cocina, siguió al fondo. El llanto se oía cada vez más cerca. Ya no se escuchaba desde adentro, sino desde afuera.

Se acercó al aljibe. Allí, el sonido se hacía más estridente y ronco. El bebé ya lloraba como con un dolor particular.

Volvió adentro. Sacó el farol de la cocina y volvió al patio. Con fuerza, corrió la tapa que cubría el aljibe abandonado. Mamá salió detrás de él. En un rato, estábamos rodeándolo como si adoráramos a un Dios inexistente.

Aquella noche nadie durmió. La policía seguía hurgando. Nosotros, en la cocina, agazapados, tomamos el desayuno. Mi hermanito, dormía en su cuna. Seguíamos oyendo el llanto del niño de tras de los ligustres del patio.

En la cocina, papá le cebaba unos mates al oficial venido de Catriló, mientras le mostraba los recortes muy amarillos del “Arena” que decían “ Extraño caso de bebé desaparecido en Las Salinas”.

Silvia M. Vázquez

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