Entrevistas: Isabel Alí, escritora cordobesa:”Escribir es una pulsión natural, algo que no puedo evitar, que me hace feliz y me completa.”

Isabel Alí es una joven escritora radicada de  Salsipuedes, Córdoba. La conocí en 2012 en el evento “Vino El Cuento”, organizado por Quo Vadis Ediciones. Compartimos la mesa con otros escritores y tuve la oportunidad de escuchar, de los labios de una “cuenta cuentos” uno de sus relatos. Me encantó su estilo, su forma de redactar y de contar la historia. En más de alguna ocasión, en charlas filosóficas hago referencia a ese cuento que escuche, de su autoría, por la enseñanza que me dejó. Tenía que ver con el miedo, el prejuicio y la apariencia, lo que supone cada uno del prójimo, de cómo los propios pensamientos terminan condenando a cada uno y el desenlace por supuesto fue inesperado.

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Isabel escribió varios libros de cuentos, inclusive con una editorial española, por lo que sus historias se leen con mucho interés en el viejo mundo.

Recientemente publicó su nuevo libro “La vida misma”, junto a otros autores, presentado en este mes de diciembre.

Para culminar 2014, este año tan fructífero para La Lupa, Isabel contesta nuestras preguntas.

 ¿Cómo fueron tus comienzos en la literatura?

Empecé a escribir desde chica. Para mí, a escondidas. A veces compartía lo escrito con algunos amigos, pero era tímida y me daba mucha vergüenza. Cuando me mudé a Córdoba, tomé el taller de Graciela Fernández y ella me hizo sentir lo suficientemente segura como para compartir lo que escribía. No solo me enseñó a organizar un texto, a corregirlo, a volverlo legible, sino que también a confiar en el valor del resultado final y a aprender más de las críticas que de los halagos. Me animó a participar en concursos y obtuvimos buenos resultados. Podríamos decir que, después de esas primeras alegrías, todo ha sido un comienzo continuo, un aprender a diario a hacer las cosas un poquito mejor y volver a empezar todos los días.

 ¿Siempre escribiste cuentos?

El cuento es el formato en el cual me siento más a gusto. No solo para escribirlos, también para leerlos. Será que pertenezco a una generación menos novelera y que la mayor influencia me llegó desde la escuela, donde nos incentivaban a leer más cuentos que otra cosa.

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¿Tus escritos tiene que ver con lo cotidiano?

Sí. Aunque a causa de los talleres me tocó incursionar en diferentes géneros, de algún modo acababa llevando el terror, la fantasía, la ciencia ficción o lo que tocara como tarea, al área del realismo. A la aldea, al barrio, a los protagonistas de la vida que nos rodea. Hay un patrimonio muy rico en lo cotidiano. Día a día nos enfrentamos al dolor, al amor, a la heroicidad, a la bajeza, a la felicidad, a la violencia. Somos seres habitados. Y las pasiones que nos habitan van con nosotros por la calle, andan por la casa, caminan nuestros sueños e impulsan nuestros deseos. Eso está ahí, al alcance de la mano, y es un material tan simple como complejo que requiere de mucho más que observación para ser contado.

 ¿Qué tipo de público te sigue?

No podría tipificar a las personas que leen lo que escribo. Algunos de mis cuentos fueron usados en las escuelas, otros se tomaron como ejemplo en talleres literarios, otros fueron leídos en la radio o publicados en revistas; una vez me pidieron un cuento para un periódico que se entrega en un penal. Imagino que esos diferentes medios de difusión tenían diferentes destinatarios: estudiantes, otros escritores, señoras que escuchan la radio a la hora de la siesta, personas que quizá no han leído muchos libros en su vida… un abanico que no puedo imaginar.

¿Incursionaste en la poesía o la novela?

En la poesía sí. De vez en cuando las historias me salen en versos o en canciones. La novela y yo todavía no nos enamoramos. Hice un par de intentos por compromiso, pero salieron muy mal. Hay cosas que llegan solas. O que no llegan. Hay que dejar que la historia tome su propio rumbo cuando quiere nacer; y las mías, hasta ahora, son como estallidos.

¿Qué significado tiene para vos escribir y publicar tu obra?

Escribir es una pulsión natural, algo que no puedo evitar, que me hace feliz y me completa. Publicar es una decisión, algo a lo que solo estoy dispuesta cuando siento que lo escrito está listo y es libre de partir. También me hace feliz publicar, pero es una felicidad diferente. La alegría de compartir, no tiene que ver con la plenitud que provoca escribir.

¿Creés que escribir un best seller termina atentando contra la literatura?

¿Qué es escribir un best seller? ¿Escribir una obra, publicarla y que se venda mucho? No sé… He leído libros llamados “best seller” que me parecieron buenísimos, y otros que no lograron que pasara de la décima página. Pero me pasó lo mismo con libros que no encabezaban listas de ventas. ¿Tiene que ver con que fueran “mejor vendidos”, con el gusto personal del lector, con un prejuicio sobre lo que se promociona en gran escala?  Atentar contra la literatura es otra cosa desde mi punto de vista. Un atentado contra la literatura es no incentivar la lectura, la comprensión de texto, el placer de sumergirse en un libro. Se atenta contra la literatura cuando no se generan hábitos de buen lector.

 ¿Considerás que escribiste ya tu mejor cuento?

No. Y tampoco escribí el peor. En realidad, cada día es como si antes no hubiera escrito. Cada cuento es el mejor que pude dar en el tiempo y el lugar en que fue escrito. Habrá otros cuentos y también serán lo mejor que pueda dar.

¿Participás en las movidas culturales de tu ciudad?

Participo en las actividades a las que soy invitada. Me da mucho gusto que se generen espacios nuevos y que se conserven los ya creados. Siempre se puede aportar algo y también aprender mucho. Intento colaborar con quien lo solicite no solo en mi pueblo. En el último año no me fue posible moverme mucho por un problema de salud, así que tengo algunas deudas pendientes que espero poder sanear en 2015.

¿Cuál es el secreto para llegar al público y que te lea?

No tengo ese secreto… En mi caso, solamente se dio que sucediera así. Los premios en concursos colaboran mucho en la difusión, eso es cierto. Y me parece que Internet abrió un camino importante, una vidriera interesante para los que escribimos, que nos permite dar a conocer nuestros libros y llegar a los lectores. Hasta ahí la llegada a un determinado público. Que ese público me lea creo que depende de otras cosas. A mí me gusta pensar que me leen porque saben que trabajo mucho para componer un cuento, porque soy auténtica, porque entre quien me lee y yo no hay maltrato: el respeto por el lector es mi premisa intocable.

¿Cómo se compone tu obra?

Lo escrito hasta hoy es bastante heterogéneo. Poesías, canciones, cuentos, cartas. Para adultos, para niños. Terror, romance, realismo, realismo erótico. De todas formas, la obra nunca está terminada, así que pueden aparecer muchas cosas todavía.

¿Cuáles son tus libros publicados?

“Reflejos, revanchas, reveses”.  Es un libro de cuentos, muchos de ellos premiados, que me ha dado increíbles satisfacciones, publicado por Bohodón Ediciones en 2010.

“Para comerte mejor”. El libro de cuentos de terror erótico que escribimos a cuatro manos con el escritor mexicano Erath Juárez Hernández, publicado por El escriba, en 2011.

“Fotohaikus”. Una edición de postales literarias que se componen de mis haikus y fotografías realizadas por el estudio Fotosandphotos, publicadas entre 2011 y 2013.

Y “Copihuapi”, el primero de los cuentos infantiles de la serie “Cuentos susurrados en las sierras”, ilustrados por la artista plástica Marina Dal Molin. Con la gran esperanza de que este año próximo podamos seguir concretando la serie.

¿Tenés proyectos para los años venideros?

Muchos. Completar la publicación de los “Cuentos susurrados en las sierras”. Reintegrarme a la participación de concursos importantes que me interesan. Pero en este instante necesito estar mejor para poder hacer todo eso. Así que me conformo con mantener vivos los sueños. Los sueños se convertirán en realidad cuando sea el momento oportuno: todo llega a tiempo en esta vida, hay que trabajar y esperar.

Hoy en día publicar es muy oneroso para el escritor independiente, ¿pensás que el estado tendría que otorgar alguna ayuda o subsidio?

Voy a decir algo políticamente incorrecto y probablemente gracias a mi sinceridad me gane algún garrotazo: no creo en la independencia subsidiada.

¿Qué le dirías al escritor que está iniciando su carrera?

Que no renuncie. Que camine lento pero seguro. Que haga talleres, que es más importante lo que lee que lo que escribe. Que mantenga sus herramientas organizadas, limpias, renovadas, que se esmere en darle la misma importancia a la forma y al fondo, a la inspiración y al trabajo tenaz. Que escuche más las críticas que las alabanzas. Que sea exigente consigo mismo y que respete a quienes lo vamos a leer, siendo auténtico, evitando los lugares comunes. Que no piense que ser escritor es más importante que ser plomero; no importa lo que te tocó ser en la vida o lo que elegiste ser, importa que lo hagas bien, con responsabilidad y honestidad. No conozco la fórmula del éxito, pero hay que avanzar sin miedo hacia aquello que nos da felicidad.

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Isabel comparte con los lectores de La Lupa, un cuento de su autoría que fue finalista de la Tercera Edición del Concurso de Relatos Breves EL PAÍS LITERARIO 2007, Madrid, España.

 

Vas a morir porque leíste esto.

“Te vas a morir porque leíste esto”, decía el billete de  cinco pesos que le dieron de vuelto en el Banco. Releyó la frase escrita en imprenta, con birome azul, algo despatarrada imitando una línea paralela al borde superior, casi arañándole el jopo al Padre de la Patria. Tuvo deseos de reingresar al Banco y reclamarle al cajero por la sentencia. Pensó en dejar caer el billete para que otro lo recogiera y así mudarle el vaticinio. Pero el billete decía “te vas a morir porque leíste esto”, no decía “porque lo agarraste” o “te lo quedaste”. Era muy claro: “te vas a morir porque leíste esto” y él ya lo había leído. Era inútil intentar un escape, una condonación de pena. Era imposible desleer. Y para colmo la frase le repiqueteaba en la cabeza con una musiquita pegadiza que cada vez le abarcaba más espacio en el pensamiento. Alguien lo empujó y cayó en la cuenta de que estorbaba, estancado a un paso de la salida del Banco, con la billetera abierta y la mirada perdida en la nada, entre la gente que iba y venía por la avenida.

Fue hasta el puesto de flores y agarró un ramo de margaritas, sin saber qué iba a hacer con ellas cuando llegara a su casa. Ansioso por deshacerse decentemente del billete, se lo extendió doblado en cuatro a la florista que, sin siquiera tocarlo, lo miró meneando la cabeza y le dijo:

—Son tres pesos. No tengo cambio, señor.

—Quédese con el vuelto.

—Lleve las flores si quiere, mañana me alcanza la plata.

Dejó el ramo nuevamente en su lugar. Enfiló hacia la mesita del vendedor de cospeles, haciendo cálculos mentales para pedir la cantidad exacta, cosa que nada sobrara. Compró los cospeles y aguardó frente al viejo.

—¿Precisa algo más, Don?

—Estoy esperando que lea el billete.

—¿Y qué dice el billete?

—Léalo.

—No sé leer, Don.

—Ahí dice: “te vas a morir porque leíste esto”.

—¡Qué bueno entonces que no puedo leerlo! ¿No?

Estuvo a punto de insultarlo por la ironía. Pero justo descubrió que estaba al lado del teléfono público y decidió aprovechar los cospeles para llamar a alguien que pudiera darle un consejo. ¿Quién podría comprender su desasosiego? Marcó el número de su hermana, sin perder de vista la mesita del vendedor de cospeles y oyó la voz chillona preguntándole qué pasaba. Le contó la historia del billete y la escuchó reír a carcajadas.

—No seas payaso…

—No te rías, estoy preocupado…

—Son supersticiones de ignorante, como cuando te da por tirar la sal por arriba del hombro y cuando te encerrás los martes trece.

—No… bueno, sí… yo creo en esas cosas…

—Y… si creés… te vas a morir… qué querés que haga…

—Pensar que te llamé para que me ayudes…

No pudo escuchar la respuesta de su hermana porque colgó de inmediato, al ver aparecer a otro comprador. El viejo le dio el billete de cinco. Optó por no perder más tiempo y caminar tras el hombre que guardaba el dinero y los cospeles juntos en un bolsillo de la campera. Anduvo detrás de él unas cuadras. Lo esperó fuera de la panadería viendo, a través de la vidriera, como compraba media docena de churros y metía el paquete en la mochila. Lo vio pagar con monedas que sacó del bolsillo del pantalón. A diez metros de distancia continuó la persecución hasta la estación del tren. Cuando el hombre se acomodó en un asiento del andén y sacó un libro, corrió a comprar un boleto y volvió al andén a tiempo para subir al tren que llegaba.

El hombre ocupó un asiento junto a una ventanilla, él se quedó de pie asido a un caño cerca de la puerta. Desde allí podía verlo cambiar las páginas del libro, rascarse la barbilla cada tanto. Una barbilla angulosa al igual que los pómulos. Los hombros anchos apoyados sobre el respaldo de madera. El cuello largo con una enorme nuez de Adán. Se vio a sí mismo reflejado en uno de los vidrios de la ventanilla: más débil que el otro hombre, más vulnerable al acecho de la muerte y pensó que si a alguien podía pasarle “te vas a morir porque leíste esto” ese seguramente era él. El otro tenía un torso fuerte y unos brazos macizos que empujaban las mangas de la camisa, tenía unos pies grandes y una nariz imponente y la expresión relajada de quien sabe que la vida le va durar muchos años más. El hombre se movió y él se crispó de pronto, corroborando el sentimiento que hacía un rato lo había poseído: él no estaba seguro de nada y menos que menos de sí mismo.

Bajó detrás de él en la segunda estación después del puente y lo siguió a poca distancia hasta que dobló en una callecita. El crepúsculo ganaba el cielo poco a poco y un viento fresco corría zigzagueando entre los árboles. De repente se sintió estúpido, había perdido de vista al hombre cuando dio vuelta en la esquina. Estaba desorientado, pensó en regresar sobre sus pasos hasta encontrar la estación y preguntar allí como volver al principio. Y cuando estaba a punto de emprender el retorno se le apareció el hombre. De golpe. Salió desde uno de los zaguanes oscuros y se le plantó delante mirándolo a los ojos.

—Te creés que no te vi, desgraciado.

No pudo contestarle porque el miedo lo dejó mudo. Porque no sabía por dónde empezar a contar la historia del billete. Porque ignoraba el motivo real de haber seguido a ese hombre por tantos kilómetros y tanto tiempo.

—Te creés que no sé lo que querés. Pero conmigo no vas a poder, basura. Ustedes están acostumbrados a robar a la gente honrada… pero conmigo te va a ir mal… — decía el hombre, con una calma que desesperaba.

Entonces vio la navaja que brillaba con el reflejo de una luna que todavía no se atrevía a nacer entre los edificios, el miedo se convirtió en pánico y le salieron entre tartamudeos unas palabras que no podía hilar.

—El billete… yo quería… el billete…

—Sí… ya sé… Un billete… un miserable billete de cinco mangos… Es todo lo que tengo… y por esos cinco pesos sucios me ibas a asaltar…

—No…

Sintió que la voz le volvía a la garganta, pero no pudo soltar una frase. En cambio, le brotó por entre los labios un gemido ahogado en borbotones de sangre y cayó sobre la vereda con la navaja ensartada en la boca del estómago.

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Si quieren saber más de esta gran autora argentin, pueden entrar a los siguientes enlaces:

RRR http://www.bohodon.es/libro.php?id=103&tag=reflejos-revanchas-reveses

PCM http://theonlyerath.wix.com/para-comerte-mejor

Fotohaikus http://fotosandphotos.com/index.php/component/content/article/16-latest/7-fotohaikus

Enlaces de autores:

Erath Juárez Hernández https://www.facebook.com/theonlyerath

Fotosandphotos https://www.facebook.com/fotosandphotos1

Marina Dal Molin https://www.facebook.com/marina.dal.molin

 ¡Gracias Isabel por tu aporte a La Lupa Cultural

ALFREDO LEGNAZZI

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