LETRAS: Cuento- Partida

Partida

2012-11-25-172

Caminaba mirando al piso, por el costado de las vías, hasta que llegaba a la estación.

Ahí subía al terraplén y se sentaba a esperar el tren de las 10.40

Todos los días la misma rutina.

Era delgada y su cabello desprolijo le llegaba a los hombros. Ojos grandes y brillantes y una leve cicatriz en el pómulo derecho que vaya a saber qué historia tendría.

Todos le inventaban una vida. Ella seguía caminando al lado de las vías cada mañana hasta que el tren aparecía por el sur y se asomaba detrás de los añosos eucaliptos erguidos por años.

Colgaba sus bolsas en los brazos, se levantaba y subía al andén. Estiraba el cuello para buscar a alguien . Seguía con la mirada cada pasajero hasta que no quedaba ninguno por bajar. Se acomodaba el saco gris y volvía a recorrer las vías para regresar.

Un perro huesudo era su compañero. Se conformaba con alguna miga que caía del sandwichito que Tito le guardaba cuando abría el kiosco de la estación. Pocas veces conversaban pero ella siempre le agradecía la comida.

Cada día que aparecía caminaba más lentamente, sin fuerzas.

Cuando el invierno tapaba todo con una sábana blanquecina de niebla y las manos se le congelaban, se acurrucaba en el banco frío al lado de la escalera.

Tito le ofrecía un café caliente cada madrugada. Ella lo aceptaba.

Aquella mañana el tren tardó más de lo debido. Ya, 10 30 ,ansiosa, estaba preparada para recibirlo. Apareció escondido detrás de las nubes bajas una hora más tarde.

Tito salió. Quería saber a quien esperaba . Bajó a medias la persiana del localcito y se quedó parado, mirándola.

Ella, como siempre, con las bolsas colgadas de sus brazos, animó al perro y se preparó. Acomodó su ropa desvencijada, se prolijó el cabello y lo llamó.

El tren paró en el medio del andén. Estaba completamente vacío. Abrió sus puertas. El asomó la cabeza y le hizo un gesto.

 

       Suba señora, disculpe la demora. Hoy si, ya no espera más.

 

Tito se fregó los ojos, las puertas del tren se cerraron. Arrancó lentamente. Adentro, ella se sentaba junto a la ventanilla. El perro a su lado. Descolgó las bolsas de sus brazos, apoyó la cabeza en el respaldo del asiento y cerró los ojos.

El último vagón desapareció entre la niebla.

A las 11.50 el próximo tren llegó a la estación. Repleto de gente. Ella, ya no estaba allí.

 

Silvia Mabel Vázquez

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