Amigos escritores: Néstor Rubén Gimenez

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Néstor Rubén Giménez nació en Argentina, el 22 de octubre de 1956. Actualmente vive en Quilmes, ciudad del sur de la provincia de Buenos Aires, sobre la costa del Río de la Plata. Escritor de relatos costumbristas ha obtenido premios en Argentina, España, República Checa, Brasil, Panamá, Puerto Rico, Colombia y México. Suele usar el seudónimo: “Atribulado”.

 Es escritor de relatos costumbristas. Su cuento “La bolsa de terciopelo azul” fue seleccionado finalista en el Concurso de cuento y poesía “La Lupa Cultural 2013” organizado por Ediciones La Lupa, Buenos Aires, Argentina .

 Sus cuentos “El quía” y “Amor eterno” fueron incluidos en la edición anual “Papeles 2013” de la Producción del Taller Literario de la Biblioteca Domingo F. Sarmiento de la ciudad de Quilmes promocionado por la Secretaría de Cultura y Educación, Dirección Municipal de talleres Barriales, diciembre 2013.Su cuento “El póstumo deseo” fue seleccionado para ser publicado por la Editorial Libélula de San Juan de Puerto Rico en una antología de cuentos breves (octubre 2013).

Integró el jurado del I Concurso Literario, Primavera 2013, “La justicia de los otros”, organizado por la Asociación Judicial Bonaerense, Departamental Quilmes (Buenos Aires, septiembre 2013) Obtuvo el Segundo premio en el Certamen Internacional de Cuento y poesía de Chascomús por su relato “La Ribera”, junio del 2013. Fue  Seleccionado en el I Concurso de micro relatos “Pluma, tinta y papel” organizado por Grupo Diversidad Literaria, Departamento de Fomento a la Lectura de Madrid, España para la publicación del relato “El insomne”, julio 2012.

 Finalista en el Primer Certamen Internacional Mundo Palabras de Micro relatos con su relato “El insomne”, organizado por Mundo Palabra, Madrid, España, diciembre 2011 http:/www.mundopalabras.es

Muchos de sus cuentos han obtenido premios (esto sería muy largo de narrar) por lo cual, les contamos que entro otros, ha sido Ganador del Premio Juan Luzian de narrativa bonaerense con el relato “La riada”, Buenos Aires, Argentina (noviembre 2011) y Tercer premio en la cuarta edición del certamen en español de la biblioteca FIMBA en la categoría “viajes” con el relato “El insomne”, julio 2011, organizado por UMBRALES EDICIONES, ciudad de Natal, Brasil.

Fue Ganador del casting literario de cuentos OnLine Studio Productions, editores digitales para APPLE     para formatos iPhone y iPad con el libro “Una travesura sevillana y otros cuentos” (febrero 2011), Miami, USA.

Néstor ha sido Integrante del “Equipo de selección” en el certamen literario organizado por la asociación “Por libre” del Ayuntamiento de Benferri, Alicante, Comunidad Valenciana, España (enero del 2011) y Colaborador en la revista trimestral IDEABLOCK de “El arte de Escribir” entregando en capítulos el relato “Las tribulaciones de un argentino en España” (octubre 2009, Barcelona, España). Ha obtenido Primer Premio en la categoría “Relatos de Deporte” en el certamen “Premios Eduardo de Literatura” organizado por UMBRALES EDICIONES con el relato “La muerte”; Praga, República Checa, julio 2009 (www.fimba.net)

“Una travesura sevillana” la novela corta que ganó el casting literario organizado por OnLine Productions, editores digitales APPLE para formatos iPhone y iPad iTunes publicado para España, Argentina, México y Perú (febrero 2011, Miami, USA).

 

    Su cuento “La bolsa de terciopelo azul” fue seleccionado finalista en el Concurso de cuento y poesía “La Lupa Cultural 2013” organizado por Ediciones La Lupa, Buenos Aires, Argentina (marzo 2014)

El autor nos comentó que “Una travesura sevillana” tiene su saga; “Los crímenes del silencio”. Actualmente, con ésta novela corta de género policial fantástico, estoy buscando una editorial a la que le interese. Se que, para los autores noveles, Argentina es un mercado muy difícil pero no bajo los brazos. Es necesario aclarar que muchos de los trabajos fueron publicados por ser ganadores o seleccionados en certámenes.

 

El cuento seleccionado como finalista del Concurso La lupa ediciones 2013 es el siguiente.

La bolsa de terciopelo azul

Pocas cosas disfrutaba María Clara cómo ir a la casa de los abuelos. La condición de única nieta le daba un salvoconducto para hacer lo que en su casa ni se le ocurriría. A Cristina, su madre, le agradaba qué gozara de la libertad que ella no había tenido. De todas maneras le pedía hasta el hartazgo qué se portara bien e hiciera caso a los abuelos.

Con los años, las cosas no habían cambiado. Don Jorge seguía empecinado en declarar “zona de exclusión” al desván y no permitía qué nadie  entrara sin su autorización. Doña Alicia, continuaba con la costumbre de vigilar obsesivamente que nadie moviera los adornos y recuerdos de los lugares que ella misma les había asignado hacía más de cincuenta años y, si alguien osaba mudar algún objeto, corría montada en patines de felpa para volverlo a su sitio. Pero María Clara no era una niña cómo la que había sido su madre y los abuelos, con algo más de ochenta años, tampoco ejercían tanta autoridad cómo antes. De todos modos, nadie se atrevía a subvertir el orden establecido por Don Jorge…bueno; tanto cómo nadie no…en sus vidas existía María Clara.

Una tarde, aburrida de haber agotado todos los juegos conocidos en los lugares permitidos; la niña se dirigió al desván. Abrió la puerta y entró. Al principio no encontró nada qué justificara tanto misterio pero, de repente, unas caprichosas sombras se dibujaron en el piso, ¿serían monstruos?, no, ¡eran los viejos trastos! Fue hasta el ventanuco, se puso en puntas de pie, ahí estaba la cúpula de la basílica y los tilos con sus brotes; recordó que era primavera. En uno de los ángulos del desván vio un espejo de pie. Se puso frente a él, se arregló el vestido, dispuso prolijamente su flequillo y se aseguró que la cabellera renegrida cubriera sus orejas; María Clara era muy coqueta. Reflejado en el espejo, a su derecha,  vio un baúl y  fue a su encuentro. Lo rodeó como hiciera un gato con su presa. Se agachó y con esfuerzo, levantó la tapa. Se puso a revolver. Sacó algunas ropas, cuadernos y trofeos del abuelo Jorge. En el fondo del baúl, asomando por debajo de unas hojas amarillentas, vio una bolsa de terciopelo azul con un lazo dorado. Quizás fue la textura o el cordón lo que la tentó a tomarlo. Se paró frente al espejo y sosteniendo la bolsa entre sus manos, la abrió. Un vacío negro se desplegó ante ella, se estremeció y por primera vez; sintió miedo. Pero ¿cómo iba a temerle a una bolsa? Metió una de sus manos dentro. Sintió un frío que le subió por las puntas de los dedos y creyó qué la congelaría. Sacó la mano y la refregó en el vestido buscando calor. Levantó la bolsa y la puso frente al ventanuco para revisarla. No vio nada particular y esto no hizo más qué aumentar su curiosidad. Acercó la cara a la boca de la bolsa mientras la estiraba con sus manos. Ahí dentro no había nada, tan sólo una espesa y pesada obscuridad. Entonces, se le ocurrió asomarse a la boca tratando de ver que provocaba semejante frío. La bolsa se tragó la cabeza de María Clara y lo último que sintió fue el lazo dorado corriendo y ajustándole el cuello.desvan

En la casa, la tarde continuaba monótona sin nada que alterara la rutina. Don Jorge, tumbado en su sillón, leía el periódico y Doña Alicia pulía un juego de plata. Cristina entró…

           Hola papá…que tal mamá… ¿y María Clara?

           Debe andar por ahí, ya sabes cómo es…— dijo Jorge de atrás del periódico.

           Mamá… ¿la viste?

           Hace unos minutos andaba por aquí — respondió Alicia mientras echaba aliento a la tetera.

           ¡María Clara! —la madre echó el grito al aire esperando una respuesta; pero no la hubo—. Será posible, ¡dónde te has metido!

           Quizás anda con esos —sentenció el abuelo—…ese Pablo, Patricia y la otra mosquita muerta de Emilce…ya te he dicho que esos no son trigo limpio.

           Pero papá, ¿qué dices?, ¡si son unos críos! —alcanzó a decir Cristina mientras salía del living.

Fue a la cocina, a las habitaciones, al baño, hasta qué se le ocurrió ir al desván. Vio la puerta abierta, el corazón pareció querer saltar de su pecho: “Dios, qué no esté ahí ¡quién aguanta a mí padre!” Echó una mirada pero no la encontró, justo antes de retirarse, vio la tapa del baúl abierta. Trató de no hacer ruido, guardó lo que la niña había desparramado y lo cerró. Luego salió como si nada.

           ¿La has encontrado hija?

           No mamá, por aquí no anduvo.

           ¿Habrá desaparecido? —la pregunta de la abuela fue un telón silencioso que cayó sobre la casa.

Cristina y Doña Alicia pasaron el resto del día buscando a la niña. Llamaron a la casa de los amigos, al colegio, a los vecinos e incluso fueron a la plaza donde solía jugar. Nada, no había señales de ella. Ya entrada la noche Don Jorge decidió llamar a su amigo, el Comisario Mayor Fernández.

           Mire Don Jorge, no se preocupe…por ahora no tomaremos la denuncia, trataremos de ubicarla pero de seguro ha de ser cosas de niños.

           Eso mismo digo yo y es lo que estoy tratando de hacerles entender a mí señora y a mí hija…pero ya sabe… ¡mujeres! Bueno; cualquier cosa me avisa.

           Sí, quédese tranquilo —el abuelo, colgó el teléfono.

Los tres se sentaron a la mesa del comedor; Don Jorge en la cabecera…como correspondía.

           Mamá, ¿y si le ha pasado algo a María Clara?

           ¡No digas eso!, ya vas a ver cómo pronto aparece.

Don Jorge se inclinó sobre la mesa adelantando la cabeza al resto del cuerpo y comenzó a declamar agitando sus brazos.

           En cuanto ésta situación no se modifique es una incógnita —y mirando a su hija continuó—. Si aparece, tendrás qué ponerle límites y si no aparece…Pero, mientras esté desaparecida no podemos hacer nada…a ver ¿qué podríamos hacer más qué buscarla? —el bigote de Don Jorge se sacudía enérgicamente con el encendido discurso. Cristina y Alicia lo seguían con atención— Repito, ¡una incógnita!, ahora mismo no sabemos que es de ella…tan sólo ¡está desaparecida!

La sala se tornó mustia. La madre y la abuela quedaron perplejas. Miraron fijo a Don Jorge que muy despacio volvía a acomodar su cuerpo en la silla mientras el bigote se le tendía mansamente sobre el labio. Doña Alicia bajó la vista y guardó silencio. En ese preciso momento la madre tuvo la terrible y angustiosa sensación qué no vería más a María Clara.

                                                                                                              Néstor  R. Gimenez

 

registrado en la Dirección Nacional del Derecho de Autor de la República Argentina bajo el expediente nº 505254, formulario nº 120857

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Silvia M. Vázquez

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