Cuentos para chicos: De duendes y hadas

Zoe estaba sentada en el sillón del living de su casa. Miraba hacia fuera. Esa tarde el jardín estaba inundado de  aromas. Las madreselvas trepaban los muros y dejaban apenas paso a las portulacas amarillas, rojas y anaranjadas que se abrían a sus pies.

El libro de cuentos que estaba leyendo, ya lo sabia de memoria. Fue un regalo de Navidad de su madrina. Este día de Reyes seguramente le regalarían otro. Ella sabía que le encantaba leer e inventar historias de duendes y hadas.

El yeso de su pierna le daba mucho calor y como no podía caminar se conformaba con abrir el ventanal que daba hacia el fondo y apoyar los codos para disfrutar de los aromas y a la vez, sentir el cálido aire del exterior.

Cuando el colibrí se posó sobre las flores del pasillo, cerró los ojos e imaginó que era la única tripulante de esa nave tornasolada y movediza. La llevaba a viajar por interminables jardines alrededor del mundo.

Bajó en uno un tanto descuidado, donde al pie de un árbol añoso y alto, asomaban dos duendecitos sonrientes , esperando visitas con agrado.

Aunque al principio temió acercarse, ellos le hicieron un gesto con la mano y la invitaron a pasar. ¿Cómo hizo para  caber ahí? No supo, pero de pronto estaba rodeada de colgantes de colores y minúsculos muebles de madera. La escalera caracol los llevo a lo alto, donde, por una ventana redonda se podía ver por completo el parque, como si fuera una foto panorámica plena de luz y brillo.

A lo lejos y detrás de los matorrales, un perro atolondrado se levantaba de la siesta y se desperezaba sin timidez.

El olor a canela y manzana que venía desde el árbol vecino los invitó a bajar.

Allí se reunieron con dos hadas delgadas de cabello largo, que eran las dueñas de casa.

La mesa estaba perfectamente servida. No faltaba nada. El chocolate caliente y espeso, la tarta de manzana y el fulgor de las velas que aromatizaban el ambiente.

Todo era risas y chismes. Las haditas sobrevolaban con gracia la mesa y servían a los duendes y a Zoe la merienda perfecta.

Ya estaba acomodándose en el sillón rosa von voladitos cuando sintió que alguien tocó sus pies. Era el perro atolondrado que apoyó sus patas sobre las de ella. Abrió los ojos y vio sobre la mesita del living, el libro que tenía como título “De duendes y hadas”.

Silvia Mabel Vázquez

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