Escritores invitados II: Héctor Zavala

Héctor Zavala ha llegado a nosotros a través de La lupa Club de Amigos. Le agradecemos haber respondido a nuestra convocatoria. Dejamos aquí el link de su blog particular para que disfruten de más lecturas              

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LA CHANCE

Estábamos en esa edad dorada en la que se es inmortal. Y en esa inmortalidad, no importa que ficticia, habría siempre otra chance. Sí, porque los años a futuro, setenta, ochenta, se suponían infinitos, dijera lo que dijera en contrariola Matemáticade Repetto, Linskens y Fresquet, por entonces tan de moda.

En el Nacional de Comercio de Ballester no era chiste irse en taquigrafía, asignatura que desde el vamos ostentaba un nombre pomposo, nunca explicado del todo: estenografía. El Diccionario dela Academia ya estaba entre nosotros, cómo no, desde el siglo XVIII que existía. Era gordo, muy gordo, y se venia actualizando cada tanto, ¿pero quién se le acercaba? Seguramente, algún profesor. Entre mis compañeros de camada no conocí ningún espécimen que cometiera semejante sacrilegio.

Ambos términos son sinónimos. Así reza desde antiguo en el sacro Diccionario, mas el programa oficial había decidido por estenografía, quizá porque le diera cierta pátina de cientificismo o vaya uno a saber. Lo cierto es que las profes se enojaban, y mucho, si oían decir taquigrafía. Y taquigrafía, perdón estenografía, no era cosa que se podía tomar a la ligera cuando se tenía por delante a una señora Rojas, sargentona ella, que exige como mínimo 90 palabras por minuto en lugar de las 70 con las que condescendía el burocrático programa oficial. Sí, la Rojastenía esos rayes. Ése y el de revisar con minuciosidad de sabueso las carpetas de cada alumno. Y era inflexible. Pobre la Rojas, era buena en el fondo. Muy en el fondo, repetirá aún hoy alguno de mis viejos camaradas de infortunio, aunque con los años uno la llega a comprender; y digo uno porque no sé si llegaremos a ser dos para tal misericordia. El argumento de la Rojasera inapelable y contundente: con 70 por minuto nadie consigue trabajo en esta profesión, con 90 ya es otra cosa. Argumento que, más allá de su solidez, ocultaba quizá otro más sórdido y sinuoso: el síndrome de las materias de relleno, que exige como secuela la persistencia de profesores de relleno. Me refiero a esas materias que nos trae el programa del secundario quizá porque alguna mitología numérica decide llegar a once o doce anuales o quizá porque simplemente se han olvidado de eliminar esos obstáculos molestos, pesados, enormes, que te hacen perder tiempo y otras cosas más. Tal como caligrafía, para entintar libros contables con sus letras góticas y redondillas cuando ya nadie usa lapicera de tinta, y menos con pluma de punta ancha. Un trauma culposo que hacía de esos profesores personas más exigentes y puntillosas que el común de sus colegas, gente de la que uno (y aquí el uno éramos todos) adivinaba un subconsciente susurrando “mi materia les servirá, no es de relleno, mocosos ignorantes”.

Y no dudo de la buena intención de la profe, aunque no puedo evitar la extraña imagen de miles de graduados con su certificado de perito mercantil en la mano derecha, pugnando abrirse paso con el codo izquierdo para llegar primeros al único puesto vacante de taquígrafo en todo el país. Ala Rojasno se le ocurría (o no querría ocurrírsele) que había miles de opciones más lógicas. Pero lo cierto, lo irrebatiblemente cierto, era que si al morir el curso uno no llegaba a las 90 por minuto, el muerto para el preciado título de perito sería uno.

Felizmente nunca conocí a ningún camarada que adoptara aquellos signos sintéticos como profesión de vida. Mejor así. Sobre todo cuando dos años más tarde, un general, de los tantos que pasaron por estas tierras, se puso la capa de salvador de la patria y como primer acto heroico suprimió el Congreso, último bastión donde se refugiaban los únicos y postreros profesionales taquígrafos; perdón, estenógrafos.

Así que un buen día de ese nunca olvidado 1964, tomé por la calle Alvear y empecé a averiguar dónde corno enseñaban taquigrafía, porque si de algo estaba seguro, pese a mi adolescencia, era que el enemigo no me iría a vencer tan fácil.

Después de mucho trajinar en zigzag, cerca de la estación di con la academia. En todo Ballester parecía haber una sola. Y, como imaginé, estenografía (allí también le decían así) era una asignatura adventicia aun en ese ignoto instituto de apoyo. La reina del lugar era mecanografía, o dactilografía como le decían algunos, o simplemente máquina como la habíamos bautizado desde siempre los pibes. Todavía faltaban muchos años para que la computadora declarara su imperio ecuménico.

Hablé con la profesora que la dictaba y ella me notificó, a la par que sus honorarios, los útiles que debía llevar. Veamos, alumno, a saber: lápiz y cuaderno rayado, de rayas separadas. Era innecesaria la sugerencia de los materiales pero así son las profesoras, no quieren sorpresas y está bien cuando se trata con adolescentes. Después buscó en un cajón la agenda. Mientras la consultaba, comprobé que mi criterio estadístico no andaba errado: por cada alumno de estenografía había unos quince de máquina. Quizá más, pues creo recordar de mi corta entrevista apenas dos muchachitos volcados sobre el escritorio de la profe dibujando sus galimatías, en tanto las ordenadas falanges de las Olivetti, de siete en línea por cinco de fondo, ponían la música en aquel concierto.

–Tengo una vacante de dos horas para usted: lunes, miércoles y viernes.

Nunca supe a qué obedecía tanta mezquindad cronológica a futuro, el escritorio era uno de esos muebles antiguos que alardeaba de sobrado lugar para hacer garabatos rápidos, pero el tono inapelable de la profe me reveló que la plaza libre era una y solo una, así que tómala o déjala. Le pagué el mes adelantado, para entonces disponía de mis propios pesos, la profesora me anotó en la agenda, me dio la mano y siguió con lo suyo.

El primer día fue monótono, no hay demasiada diversión en una asignatura, la llamen como la llamen, diseñada para tomar nota de lo que dice gente que padece verborragia, pero decidido a ganar mi causa hice lo que pude. La profe particular me dio un buen consejo que ahora alcanzaba estatus de obligación:

–Le conviene tomar apuntes en estenografía. Siempre. Aproveche el dictado de todos los profesores de su colegio. Perderá tiempo al traducir pero le será de mucho provecho.

–Sí, profesora.

–Porque en su caso, lo que importa no es tanto ganar tiempo sino adquirir destreza y rapidez hasta alcanzar el objetivo buscado. Nunca olvide su objetivo.

–Sí, profesora.

Sí profesora, sí profesora –pensé con cierta malignidad–, total el tiempo de un estudiante es infinito según el criterio de todo docente que se precie. Nadie se compadece que a los dieciocho años, además de asistir a clase y trabajar, uno aplica el tiempo libre a más de un deporte, a salir con amigos, a dar la vuelta al perro, a bailar aunque se haga mal, a estudiar en casa o en la biblioteca, y por supuesto, cómo no, a practicar y traducir estenografía. Genial –me dije– y hasta recuerdo haberme propuesto hacer un ensayo sobre lo que debería entenderse por tiempo libre.

Sin embargo, el segundo día fue distinto, muy distinto. Subí los escalones (olvidé decir que la academia estaba en un primer piso), y al llegar a la meta hice un alto. Lo merecía, las escaleras no sólo eran largas y en martillo sino también empinadas, incluso para la vitalidad adolescente.

Y en ese alto en lo alto, la vi, no podía creerlo pero allí estaba, en el centro del salón y en primera fila de la falange. Sí, la chica más linda de la academia, qué digo de la academia, de manzanas y manzanas a la redonda, de toda mi generación, de varias generaciones completas, del mundo entero. Tenía todo lo que tenía que tener y un poco más, carita perfecta, cuerpito perfecto, pelo oscuro en catarata, piel nacarada y mirada tímida pero abrumadora. Y sin embargo todo eso era apenas una insignificancia, una bagatela quizá, porque lo más importante, lo que la hacía maravillosa de verdad, única en su género, era que en ese alto necesario a la entrada del salón me había mirado, y no una vez sino dos. Lo había hecho con la mañosa mesura de toda chica, pero lo había hecho.

Y esa mirada fue suficiente. Ahora la asignatura empezaba a ser entretenida. Ahora tenía sentido. Ahora hasta la vieja Rojas, que no era vieja, me caía simpática. Sí, porque de no ser porla Rojasy sus manías extravagantes, ahora no estaría en esta academia frente a ese par de ojos.

Por dos veces la chica se acercó al escritorio de la profesora, que ahora también era el mío aunque sólo del lado plebeyo. Lo hizo para entregar un par de hojas y, ¿van a creerlo?, no sólo me miró sino que además me sonrió y encima las dos veces. ¿Qué más podía pedir un adolescente de los años sesenta? Había decenas de tipos como yo, con acné derrotado a gatas y esas cosas, pero las miradas y las sonrisas de semejante piba no tenían otro destino.

Pasaron los días, que ahora amenazaban interminables para llegar al lunes y luego al miércoles y más tarde al viernes, y yo asistía sin falta a la academia. Y no solo sin falta, también un rato antes. Mis horarios no coincidían con los de la chica exactamente. Al llegar, ella ya andaba dale que dale conla Olivettidesde hacía una hora y después se iba (se me iba) a mitad de clase. Un horror. Horarios desfasados que le dicen. El destino no podía ser tan inoportuno, tan cruel, aunque sí, por lo general sabe gastar esas bromas.

Más de una vez pensé en salir antes de hora, pero no encontraba motivo que lo justificara a los ojos de la profe. Y encima corría el riesgo de llamar la atención de los demás. En particular de cuatro aprendices de bruja que ya desde el tercer día nos miraban a los dos con sonrisas socarronas y que resultaron consumadas expertas en su intercambio de gestos cómplices. En la adolescencia esas cosas se notan y se sufren. Encima, la ventana del salón daba a la calle y si me iba fuera de horario (suponiendo que me lo permitieran), la profe desde su atalaya del primer piso me hubiera visto alcanzar a la chica en la vereda. También podía ocurrir que la profe se demorara al despedirme, fiel a su manía de dar un último deber (“éste es un caso de estenograma que le vendrá de perillas, alumno, a ver, anote…”), y entonces adiós encuentro no casual. Y para colmo ya no habría otra vez. Tampoco estaba seguro de si la chica aceptaría hablarme fuera de clase. Parecía haber buena onda entre nosotros, como se dice ahora y no entonces, pero ni siquiera conocía su nombre ni ella el mío. Hasta pensé en adelantarme una hora con cualquier pretexto y encararla cuando entrara aunque me pareció aún peor, desubicado, de pésimo gusto.

Y sin embargo un día se dio, las casualidades tuteladas por Afrodita a veces ocurren y cabría aprovecharlas; quizá la sensual chipriota no dé otra chance. Al principio, el voluble destino decidió por mí. Llegué unos veinte minutos antes porque venía de otro lado y me sobraba tiempo. La puerta de la academia insólitamente permanecía cerrada. Un cartel dejaba muy en claro que ese viernes abrirían a las 17 en lugar de las 16 de costumbre. Nadie había llegado todavía, salvo ella, mi chica, que no era mía por supuesto pero casi la sentía así. Sí, ella, sola, recostada contra uno de los marcos de la puerta de calle de la academia, con su carpeta como escudo y la sonrisa inefable.

–Hola. No abrieron –alcancé a decir.

–No, se ve que ayer avisaron a los que vienen todos los días y a quienes tienen teléfono.

–Ah.

Silencio.

–Vos venís sólo día por medio como yo, ¿no? –dijo ella de pronto.

–Sí.

–De ahí que se olvidaran de nosotros –y sus ojos eran chispeantes, inalcanzables, increíbles.

Risas.

–Sí, así parece.

–Somos unos pobres desgraciados –agregó con sana picardía.

Nuevas risas.

De pronto, muy formal le dije cómo me llamaba, y enseguida agregué:

–¿Y tu nombre?

–Gladys. Qué lindo tu nombre –afirmó.

–También el tuyo.

–Ahí, no sé, creo que es algo raro –sonrió con un bamboleo de cabeza.

Silencio.

–¿Hace mucho que estás parada?

–No traje reloj, pero debe ser bastante, quizás una hora.

Silencio.

–Hace calor –dije por decir algo.

–Sí. ¿Tendrás hora exacta?

–Menos cuarto. Cinco menos cuarto –aclaré nervioso, mirando el reloj pulsera.

–Ah, entonces tengo tiempo para ver qué dan en el cine de la vuelta. ¿Me acompañarías, así no voy sola?

¿Puede un adolescente escuchar palabras más gloriosas sin perder la cabeza? Es evidente que algo le gusto, pensé. Obvio, me respondí, si no le agradara, no me va a pedir que la acompañe. Las chicas cuando no se interesan en vos, te echan insecticida, concluí.

Así que caminamos una cuadra por Alvear, alejándonos de la rotonda del mástil. Doblamos a la derecha por Independencia en dirección al cine. Caminábamos charlando a medio metro uno del otro, quizá más. Recuerdo algo de ese diálogo entusiasta, digamos que lo suficiente. ¿Sos de Ballester? Sí, de Ballester, ¿vos también?, entiendo haber respondido y a la vez preguntado. No, de Chilavert, y éste es mi último día en la academia porque conseguí un puesto de secretaria. Felicitaciones. Ay, gracias. Y yo bendiciendo mi suerte: me quedaban unos minutos preciosos. Hurra, gritaba mi mente, ¿o era algo detrás de mi esternón? Apenas un día más y entonces nunca más. Pero no, ahora habría chance, la invitaría a ver la película que daban en el Sarmiento. Le propondría verla juntos para mañana sábado. Y no importa qué película fuese. Estaba dispuesto a aguantarme incluso esas romanticonas que sólo veían entre lagrimones las viejas del barrio. Esta piba era un sol, lo valía, vaya si lo valía.

De pronto estuvimos delante del Sarmiento, con sus varios metros de frente con carteleras como todo cine. Rogaba porque la película no fuera una de cowboys o para mayores de veintidós. Si decía prohibida para menores de dieciocho, por ahí hasta estaba salvado, aunque prefería no tener que leer eso. Quizá ella sólo tenía diecisiete y entonces chau pretexto de salida. Miré la parte baja de los carteles buscando la calificación y respiré aliviado, sólo decía inconveniente para menores de dieciséis años.

Estaba por saltar de alegría, cuando al levantar la vista me espanté. En enormes letras rojas, el cartel decía rotundo: PROSTITUCIÓN. Sí, ese era el maldito título. No, no podía ser, era una bandera de lo obsceno, una burla del destino. Mierda, a un adolescente en trance de enamoramiento no se le hace eso. Es una enormidad, deberían prohibir cosas así. Maldije para mis adentros al director, a los actores, a sus parentelas hasta diez generaciones y a toda la industria del cine. Ni Walt Disney se salvó. Gladys me miró con una sonrisa entrecortada, hizo una mueca tímida y alzó los hombros. No me atreví a invitarla, obvio. Alcancé a escucharle un murmullo que no entendí y que supuse una queja. Dimos media vuelta. Todavía habría chance. Pese a quedar avergonzados sin motivo –uno no pone las carteleras de los cines–, volvimos charlando, por ahí hasta un tanto más separados que a la ida, aunque ahora me sentía más unido a ella. Qué lástima, dijo. Sí, contesté, quizá otro día haya más suerte. Sí, por ahí haya más suerte, acordó. Y seguimos el camino en martillo hacia la rotonda. En la última cuadra nos miramos varias veces y nos sonreímos otras tantas, la fascinación podía algo más que nuestra cortedad. Al fin llegamos casi a destino.

–Gladys, ¿te parece que…? –estaba decidido a invitarla para cuando cambiaran la cartelera o a tomar un café en la confitería de enfrente, algo, cualquier cosa.

–Sí, ¿qué…? –y en ese sí y en ese qué había un entusiasmo nuevo, un tono que exhalaba esperanza, todo sumado a unos ojos fijos en mí y sólo en mí.

Y de pronto, escuché, escuchamos, un grito: ¡Hola! Un hola que irrumpía desde el otro lado de la calle, de la vereda de enfrente, a la misma altura que nosotros, donde las veredas se abren antes de anillarse en rotonda.

Era el gordo Romero. El gordo Romero saludando con la mano. El gordo Romero repitiendo por tercera o cuarta vez su ¡hola! El gordo Romero amenazando pisar la calzada que parecía sólo de él. El gordo Romero esquivando caer en un bache que no lo tragaría jamás. El gordo Romero cruzando el asfalto. El gordo Romero bamboleando su enorme, enormísimo, culo hacia nosotros. El gordo Romero dispuesto al abordaje de nuestra vereda.

Mis puños se apretaron, estaba a punto de gritar: no, gordo, no vengas a jodernos, quiero terminar de hablarle y después te podés quedar en esta vereda todo lo que quieras, a vivir si te parece, pero no ahora, ahora no. El enorme culo seguía con su movimiento pendular, ora a la izquierda, ora a la derecha y viceversa, en su asalto inexorable. Un gigantesco ganso no lo hubiera hecho mejor. Miré de reojo: la cara de Gladys era un arco voltaico, sus ojos parecían estallar.

El gordo Romero repitió su enésimo ¡hola!, aposentó de inmediato su enormísimo traste entre nuestros cuerpos inermes y empezó a hablar. Justo él que nunca hablaba. Justo él que contestaba con gruñidos. Justo él que jamás lograba diferenciar un predicado de un sujeto. Habló del calor y del precio de los garbanzos en Groenlandia y del paracaidismo amateur en Mongolia, que sé yo, ¿cómo pretenden que me acuerde? Tras esa masa locuaz, apenas si podía ver a Gladys, diminuta tras esa invasión de carne y pantalones deformes. Por momentos veía los ojos de Gladys fulminando esa enorme masa impropia, que encima salivaba como un surtidor de plaza. Por momentos la masa informe ocultaba los ojos de Gladys, por momentos los revelaba como fugaces llamaradas. Ojos que odiaban a tal punto la presencia inoportuna que paradójicamente no podían desviarse de la figura grotesca. Ojos que pretendían asesinar y no lo lograban. Ojos que en su intento de frustrados homicidas perdían un tiempo precioso al no coincidir con los míos. Ni un gesto, ni un guiño pude dirigir a aquellos ojos.

Al fin se abrió la puerta de la academia. Gladys se encaminó furiosa hacia la entrada. El gordo Romero la siguió cansino, su cuerpo ocupaba todo el ancho de la escalera y encima era más lento que tortuga aletargada. Ella subía con rapidez y pasos sonoros, quizá en un intento por descargar la bronca. Yo trataba de azuzar al gordo para que me diera paso o se apurara, pero era imposible. Su tranco era indolente; su cuerpo, elefantiásico, por momentos amenazaba atascarse entre las dos paredes laterales. De pronto, no tuvo mejor idea que pararse en el recodo (ay, dios, me dije), dar una lentísima media vuelta y decirme en un susurro confidencial, entrecortado por la agitación:

–Che, flaco, está loca ésta, ¿qué le hiciste para que esté tan furiosa?

No era posible explicarle nada, el gordo Romero era inimputable.

Ya en clase, a Gladys le tocó una Olivetti a diez años luz de mi espalda, imposible verla, mucho menos hablarle. A fin de recuperar tiempo, a la profe no se le ocurrió mejor idea que ordenar que nadie se levantara del asiento. Ella revisaría los trabajos en casa. Sí, sí, justo ese día.

A la salida de clase, desesperada por la tardanza, la madre de Gladys vino a buscarla. Era lógico, nada sabía del imprevisto cambio de horario de la academia. Afrodita no nos daría otra chance.

Nunca más la volví a ver.

 

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