Arte: Juan Carlos Pagella: El arte de curar con las manos y con el corazón  

IMG-20150624-WA0000Juan Carlos no se define como alguien especial. El hijo “del medio”, un hermano mayor y una hermana menor . El solo dice que ayuda. No le gusta hablar de sí mismo, aunque mucho hace y poco se sabe acerca de sus actividades.

Sus pacientes lo conocen hace años y ellos lo recomiendan a otras personas, no exclusivamente para curarlos de sus dolencias corporales sino para que les cure el alma.

Es osteópata “de muchos años” según el mismo nos cuenta. Pero en las paredes de su consultorio había hasta hace poco tiempo, muchos certificados y diplomas de los innumerables cursos y carreras que ha realizado. Siempre se dedicó a la actividad física, pero más aún a la mental, ya que charla con sus pacientes y les da una contención que pocos reciben de sus médicos.

Es Director Técnico recibido en AFA en 1982,  compañero de banco del conocido José Néstor Pekerman y de Miguel Tojo, colaborador de Pekerman .

En 1986 fue convocado para ser Director Técnico de la Selección de Nueva Guinea, África, pero no llegó a un acuerdo y se quedó en Buenos Aires. De esa convocatoria surgió la posibilidad de dirigir equipos en ascenso: San Miguel (ayudante de Juan Carotti, “el chueco”), Centro Español, Central Ballester y Acassusso. Hoy forma equipos en villas para darles la oportunidad de mostrarse y tal vez llegar a las categorías superiores.

Actualmente está estudiando para iridólogo (ciencia que estudia la salud del cuerpo humano a través del iris).

No se conforma con la ayuda que brinda en su consultorio, sino que además participa en trabajos de servicio de buena voluntad, de forma impersonal, recorriendo hospitales, asilos, hogares en la provincia de Buenos Aires.

Para despuntar el vicio del arte, escribió varios cuentos, no publicados, fue escenógrafo,  hizo ensayos de teatro, poemas, y fue actor, compartiendo escenario  nada menos que con Olga Zubarry.

Los poemas fueron recitados en audiovisuales por Hernán Rapella y Julio Lagos, allá por 1975.

En una charla surgió el tema del bullying, cosa que vio hace ya años dentro de los mismos equipos que formaba. A propósito de eso, escribió un cuento que quiere compartir con los lectores de La lupa.

Solo le gustaría que sirva como ejemplo para que la violencia y los prejuicios dejen de existir.

Quien sabe…con el alma en la mano, lo logre…

El gordo y la pelota de fútbol…

Las tardecitas de otoño y sus primeras brisas frescas, invitan a entrar rápido en calor. Los barrios del Gran Buenos Aires, siempre tienen algún espacio a la vuelta de la esquina o algún terreno vacío esperando ser  inaugurado para armar canchita de fútbol.

 Los pibes se reúnen de a poco y comienzan a congregarse casi distraídamente, atraídos por el sonido de la pelota que va de un pie a otro, de una gambeta a una fantasía impensada, recorriendo los espacios posibles y animándose a relacionar el toque sutil y una buena jugada con un pase a la red. Dándole forma a ese pedazo de tierra y comenzar a girar los sueños de jugador de fútbol, donde la calle, el asfalto y el potrero apadrinan con la mejor intención, el gesto del talento, el esfuerzo colectivo y el espíritu de grupo.

De a poco comienzan las tareas solidarias; conseguir la madera para armar los arcos, hacer una vaquita para comprar las camisetas, armar los equipos con cierta picardía de acierto y esperar el partido para mostrar las destrezas y ganarse la titularidad del puesto, que no es poca cosa en los equipos de barrio, ya que también existen los titulares y suplentes y muchas veces se juega por la gaseosa y el sándwich. Se busca preparar el mejor grupo, para lograr el objetivo de un resultado a favor y luego destejar detrás del arco. Armar una mesa improvisada con algunos bolsos y asientos de ladrillo o pedazos de cartón doble sobre el piso húmedo, disfrutando el  premio merecido.

El fútbol desde su simpleza hacia su mayor exigencia, es uno de los deportes de mayor convocatoria, por lo tanto se expresa de modo grupal y educativo, se juega con reglamentos y ofrece a los protagonistas formarse deportivamente, compartir su talento, habilidades y esfuerzo colectivo.

En esas experiencias barriales, competitivas, también hay historias de vida de entrenadores y jugadores que, con el paso del tiempo, por esas cosas de la vida, quedan impresas en la memoria; algunas anécdotas develadas, que provienen de la inspiración y la observación profunda de sus protagonistas. Corrían los años sesenta y en la localidad de Martínez, Pcia de Buenos Aires, se encontraba el barrio Frers, que a través de la Sociedad de Fomento “Las lomas” realizaba campeonatos para jóvenes con edad promedio de catorce años. Se destacaba siempre la formación “La Fama” y su técnico…Benito Juárez, hombre fornido, gruñón, de voz grave. Se lo escuchaba decir siempre en voz alta: “¡No necesito consultar a nadie lo que debo hacer, armo y desarmo los equipos como me parece y el que no está de acuerdo se va!”.plelota

Salvo raras excepciones, nunca se detuvo a preguntar a sus jugadores, cómo se sentían en el equipo, con las rotaciones de puestos, o cómo estaban de salud para el día del partido. Benito pasaba muchas horas durante la semana con los chicos y tenía siempre la oportunidad de aprender y crecer, pero su personalidad competitiva, arrogante y visceral lo alejaba cada vez más de poder expresar valores, como el respeto, aprendizaje y convivencia. Se encontraban en una excelente edad para recibir orientación adecuada, formativa y de confianza, que merece cualquier joven.

En términos de trayectoria personal, ganaba partidos y algún que otro campeonato de competencia regular, como cualquier entrenador, pero no conforme, la ansiedad desmedida por el triunfo, la urgencia de ser reconocido y fortalecer su insaciable ego de poder, lo llevó por caminos largos de ignorancia, dolor y confusión.

Entre los jugadores del equipo se encontraba Ricardo, un joven muy querido por sus compañeros, de gran  solidaridad con todos. Tenía la virtud de unir al grupo, por su simpleza y por estar atento a las necesidades de sus amigos, siendo un pibe de dieciséis años, de gran conformación física, aceptable para su condición de arquero. Benito, su técnico siempre lo descalificaba por su peso. Comparándolo con otros compañeros, lo discriminaba hasta la grosería, diciéndole “Gordo,… solo jugás si traés la pelota”

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Las burlas constantes delante de todos, se habían convertido en algo normal, Ricardo “el Gordo de la pelota” como lo llamaba el entrenador, respondía a esas actitudes siempre en silencio y con la mirada profunda, por momentos compasiva. No podía entender de ninguna manera ese  maltrato que soportó durante mucho tiempo.

Muchas veces se preguntaba Ricardo: “¿Cómo un hombre mayor, que tenía tantas posibilidades y responsabilidad de trabajar junto a jóvenes, para cumplir objetivos de formación educativa, simples y sencillos, se entretenía caprichosamente haciendo todo lo opuesto?”  Muchas veces se retiraba de los entrenamientos con los ojos humedecidos. Benito tenía la muletilla de decirle “¡Gordo, no te olvides de traer la pelota, así jugás más seguido!”

Pasaron los años y los pibes de aquel equipo de nombre “La Fama” fueron creciendo en edad y tomaron por distintos caminos de vida. Algunos se siguieron viendo y de otros no se supo nada más. Una vez al año se reencontraban los de mayor afinidad y compartían una cena, comentando anécdotas. En la última reunión se habló del entrenador Benito.

Emilio, que jugaba de “wing izquierdo” y era el goleador del equipo comenzó a relatar: Benito y familia, por razones de salud y consejo médico, se fueron a vivir a una provincia del norte. Dado que padecía de una artrosis generalizada, diabetes y descompensaciones cardiológicas, el clima seco le ofrecía en general una mejor calidad de vida, comentaba Emilio.

Un buen día, después de una reunión con amigos, Benito se empezó a sentir mal y lo internaron de urgencia. Los médicos que lo asistieron, diagnosticaron un nuevo infarto. No había muchas opciones, tenían que operar y necesitaban la autorización de la familia. La intervención debía ser a corazón abierto…sin garantizar un resultado favorable, debido a su complejo cuadro. Sin otra alternativa, se aprobó la operación y su esposa junto a sus tres hijos, lo tomaron de la mano y lo invitaron a rezar. Con un tono de voz pasivo y entrecortado, le pidió a su familia que les comuniquen a los jugadores que les tocó dirigir, sobre la situación.

Confesó ante sus allegados y cuerpo médico, haber pasado los mejores momentos e su vida entrenando al equipo “La Fama” y les daba las gracias por la paciencia que le tuvieron y lo que aprendió de todos ellos. “Daría lo que no tengo por verlos nuevamente”. Y con profundo llanto, recordó a Ricardo, el Gordo de la pelota, disculpándose de manera llamativa. “Me comporté muy mal con el pibe. Era profundo en su manera de hablar, siempre alentaba a sus compañeros… no supe comprenderlo i respetarlo…Con el tiempo me di cuenta que inconscientemente competía con él…en vez de aprender de su capacidad y entrega… Le pido perdón a la distancia… Si algún día lo ven, transmítanle este mensaje de arrepentimiento, por favor…” repetía Benito, ante un resignado sentimiento de culpa.

Llegó el día. Todo estaba dispuesto para la intervención quirúrgica. Eran las ocho de la mañana, los camilleros con una sonrisa de oficio acostumbrado, le dicen “Amigo, usted debe ser muy apreciado…en la sala de espera lo acompañan muchos conocidos, podría armar un equipo de fútbol”. Benito se emocionó…estaban los jugadores de “La Fama”. “Gracias…qué alegría!”

Fueron ingresando de a uno y ofreciendo sus afectos, caricias y apretones de  manos…muy emocionado y agradecido, compartió con alegría el momento de contención de sus amigos y familiares y preguntó en voz baja “Y Ricardo…?”

María, su esposa, tomándolo de la mano, mirándolo a los ojos con ternura y una suave sonrisa le dijo “A Ricardo no lo pudieron ubicar dado que hace tiempo se trasladó a una provincia”. Benito la miró cordialmente a María y sus ojos se humedecieron, dejando rodar alguna lágrima por la mejilla y poniendo sus manos en rezo, se despidió con una leve sonrisa y fue llevado al quirófano.

Habían pasado más de ocho horas en el cálido hospital de provincia, su color blanco se abrazaba al hermoso día de sol del mes de julio y en la sala de espera reinaba entre los presentes un silencio profundo, gestos y miradas de cierta inquietud.

De pronto se abre la puerta de la antesala al quirófano, aparece un médico y pide hablar con  María, la esposa de Benito, para dar el informe correspondiente. Le apoya su mano en el hombro y mirándola compasivamente a los ojos le dice “Fue una operación muy compleja y de experiencia difícil, su corazón dejó de latir en varias oportunidades…pero las manos inspiradas del médico, bendecidas  por la vida y su entrega incondicional pudieron salvarlo,. En estos momentos lo van a trasladar a terapia intensiva. En unas horas, lo puede saludar”.

María llevó contenta la noticia, que todo estaba bien…a familiares y amigos, que esperaban en la sala de recepción y con silenciosos abrazos de agradecimiento se fueron saludando para retirarse del lugar. Benito tuvo una noche tranquila en compañía de su esposa y un buen despertar al día siguiente. Cuando abrió los ojos tomó  la mano de su compañera con una sonrisa y agradeció con voz suave estar con vida. María, emocionada, le dio un beso y le dijo “Saludá al doctor, estuvo varias veces durante la noche haciendo el control, es quien estuvo  a cargo de la operación.” “ Gracias doctor, a usted y todo el equipo…Gracias…Dios lo bendiga”, repetía muy conmovido Benito. Tomó las manos del médico, en agradecimiento y las besó.

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Y de pronto alcanza a leer  en el borde del bolsillo del guardapolvo blanco, un nombre que le resultaba conocido “¿Usted se llama Ricardo Alonso? “ Y el médico le contesta con una amplia sonrisa_ “Ricardo Alonso, el mismo…y me conocen todos también como El Gordo de la pelota de fútbol”.
Juan Carlos Pagella

¡Gracias Juan Carlos!

Silvia M. Vázquez

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https://youtu.be/27F8hB6tb4w 

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