Entrevistas: Tery Logan, escritora: “Relatos de una Logan”

Tery Logan es escritora, guionista y articulista española, nacida en Madrid en 1979.

Es guionista de cortometrajes y ganadora del Certamen de Relatos a la Carta con su libro “Salsa de arándanos”

En 2015, a fin de este año publicará “Relatos de una Logan” una recopilación de relatos breves de temáticas diversas.

Tery accedió amablemente a conversar con La Lupa.

¿Cuál es tu género preferido?

El policiaco sin duda. Desde Agatha Christie a Hennin Mankell, pasando por Conan Doyle.

¿La recopilación en Relatos de Logan tratan sobre experiencias personales?

No, aunque ya sabes que siempre hay recuerdos, pensamientos y esencia de uno en todo cuanto escribe. Lo que sí hay es mucha emoción humana con la que los lectores se sentirán más que identificados.

¿Has llevado tus relatos al tus cortometrajes, reescribiéndolos en forma de guión?

Sí. Concretamente, “El formulario doscientos tres” y “Dulacán” están en fase de realización de guión. “Dulacán” será para animación y lo estoy co-escribiendo con el guionista mexicano Manuel Galindo.

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 ¿Cómo llegaste a escribir en forma profesional, cual fue el camino?

El camino ha sido no pretender nunca y hacerlo con mucha pasión y amor por la escritura. Siempre me llamó canalizar mi energía a través de las letras, y con un duro trabajo de formación y dedicación de fondo, he ido dejándome avisar por las señales de las oportunidades, las he ido cogiendo, guiándome por la intuición.

¿Tus libros tienen proyección internacional?

Sí. Por lo pronto, estoy en negociación con América Latina para que también allí podáis leer “Relatos de una Logan”.

¿Cómo funciona tu plataforma http://bookersblog.com/?

Bookers es una plataforma para lectores y escritores. Aunamos relatos, poesías, cartas, artículos, apuntes literarios, tutoriales con reseñas de obras de nuevos autores. Nos motiva dar oportunidad a los noveles por un lado, y ofrecer contenido variado que no pueden encontrar en otro sitio a los lectores.

¿Qué lugar ocupan los escritores en España?

Para mí entre los primeros en las artes. Sin escritores no hay libros, películas, series ni obras de teatro. Otra cosa es como se nos valora y retribuye.

¿Crees que es el lugar que se merecen?

No. El talento y el arte ocupan puestos avanzados cuando generan mucho dinero y ese es un largo camino.

¿Crees que la gente lee menos libros en esta época?

Sinceramente, no. Creo que se siguen leyendo muchos libros, de diversa temática, época y tipología.

¿Hay muchos buenos escritores a los que no se les da oportunidad de darse a conocer, que les sugerirías?

Que trabajen mucho en generar una marca de autor sólida, que colaboren todo lo que puedan con blogs, que participen en concursos literarios, que conozcan a otros autores de primera mano y que imiten los hábitos de los grandes.

Siguiendo con tu obra ¿De qué trata Salsa de Arándanos?

“Salsa de arándanos” es la metáfora de rebeldía de Roberta, una esposa de un hogar estadounidense de la década de los 70, casada con un hombre que no valora lo que tiene.

¿Escribes desde pequeña?

Sí, aunque tuve más de una década de parada técnica.

¿Tienes material para seguir publicando libros?

Sí. El próximo será otro recopilatorio, esta vez de una novela corta junto con otros relatos bajo el título “Más relatos de una Logan”. De hecho, ya tengo varias ideas.

¿Has adaptado libros de otros autores para hacer guiones?

Aún no, pero sí que es cierto que me lo han propuesto. Eso sería una adaptación para largometraje y, de momento, tan solo he escrito cortometraje. Quizá para el 2016 me atreva con ello.

¿Queres compartir un relato tuyo para los lectores de La Lupa?

Por supuesto. ¿Qué tal “Salsa de arándanos”, ya que hemos hablado de él? Y así, los lectores podrán opinar también. ¿Te parece?

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SALSA DE ARÁNDANOS

Roberta partía el pan de avena en rebanadas, tal y como a Bucky le gustaba, mientras escuchaba en la radio su concurso favorito sobre cine de la emisora KLM. “La respuesta es: Baby Jane. ¡Vamos! ¡Baby Jane!”, animaba al concursante de la radio, apretando ambos puños con fuerza.

Abrió la puerta del horno, trinchó la carne y comprobó que aún estaba cruda. Calculó que faltaban unos diez minutos para que estuviese en su punto.

—¿Es Eva al desnudo? —contestó una voz masculina.

—¡No es correcto! Lo siento, querido oyente de Boston. ¡Sigamos jugando! ¿Quieres ser tú el ganador de los quinientos dólares? —la voz sensual del locutor se cortó para dar paso a la sintonía de la emisora—. Y ahora, un momento para el amor, escuchas Sexual Healing en la KLM. Tu radio amiga.

Roberta permaneció durante un rato con el auricular descolgado. No era la primera vez que pensaba en probar suerte. Como siempre, pensó que era una bobada y lo colocó rápidamente en su sitio. Se tensó el nudo del mandil, y volvió a su tarea. Sacó los guisantes de la pequeña cacerola y los puso sobre una fuente redonda y se ayudó de una cucharita de madera para verter en la sopera el puré de patatas, que había quedado suave y cremoso, justo como a Bucky le gustaba.

Salió de la cocina con la bandeja de la guarnición para la carne, y la puso sobre la mesa del salón. Dobló las servilletas de tela de una forma caprichosa pero elegante, encendió las velas, colocadas sobre los candelabros abrillantados el día anterior, y contempló con entusiasmo el resultado de su duro trabajo. La vajilla de porcelana relucía como si fuera nueva, las copas altas, para el agua, y las más estrechas, para el vino, estaban más que brillantes. La cubertería de plata que la tía Betsy les había regalado como ajuar estaba colocada exquisitamente sobre la mesa.

Bucky había salido a tomar unas cervezas con los chicos y ver el partido televisado. Cuando llegó a casa a eso de las nueve, Roberta corrió a su encuentro y se lanzó fervorosa hacia sus brazos.

—Quita, zalamera, tienes el mandil manchado, y por si no te has dado cuenta, hoy estreno camisa —Roberta se retiró, aplacando su efusividad, y se limitó a besarle en la mejilla. Colgó la cazadora en el perchero de la pared y se sentó en el hall para desatarse los zapatos—. ¿No huele a quemado?

—¡La carne! —salió disparada hacia la cocina. Abrió el horno y sacó el trozo de carne, con la esperanza de que no estuviese chamuscado—. ¿Qué tal lo habéis pasado? ¿Ha ido Mike? Me encontré con Amy en el supermercado y me dijo que andaba resfriado. No me extraña, todo el día de acá para allá, el pobre… —gritaba desde la cocina.

Seguía alzando la voz sin darse cuenta de que su marido estaba justo detrás de ella.

—Sí… Ehm… Estuvo, sí… —contestó con aire distraído.

Roberta dio un respingo.

—¡Qué susto me has dado! —se le cayeron al suelo un par de platos de postre que acababa de rescatar del mueble auxiliar—. ¡Vaya por Dios, lo que me faltaba! La carne echada a perder y ahora dos piezas menos de la vajilla.

Bucky se la acercó, apartándola a un lado para bajar el volumen de la radio.

—No sé cómo puedes escuchar a ese como se llame. ¿Sabes que antes de que un amiguito suyo le buscara ese trabajo en la KLM le “desahuciaron” de la televisión local por presentarse borracho en los estudios?

—No, no lo sabía —dijo Roberta sin dejar de mirarle.

—Pues ya lo sabes —apagó la radio—. Se te va a atolondrar el cerebro con tanta canción triste, querida.

—No son tristes —remarcó—.  Son canciones de amor.

—El amor es triste. Si no te importa, te espero en el salón viendo el resumen deportivo —se miró el reloj—.  Acaba de empezar.

Roberta asintió. Se agachó para recoger los pedacitos esparcidos por el suelo. Más tarde limpiaría el resto; no quería que se enfriase la cena. Llevó la sopera aún caliente a la mesa y sirvió el consomé.

—¡Bucky! ¡A cenar! —Su marido permanecía pegado al televisor, sin apartar la vista de él—. ¡Bucke! —gritó. Éste se levantó rápidamente—. ¿Te gusta?

—¿Si me gusta el qué? —Roberta hizo un gesto de decepción. En silencio, miró la hermosa mesa que lucía a la luz de las velas. Miró a su marido y volvió a mirar la mesa— ¡Oh, vamos! ¡Era broma! La cena tiene buena pinta.

—¿De veras lo crees?

—Pues claro tonta, anda ven aquí —se le acercó de un modo cariñoso para besarla.

—No van a funcionar tus halagos. ¿Ahora ya no mancho o qué? La cena se enfría —giró la cara.

Buck alcanzó la botella de vino tinto, y sirvió en ambas copas.

—Me gustaría brindar contigo por nosotros, aunque estés enfadada —Alzó su copa, sosteniendo la mirada ante los ojos cristalinos de ella.

—Claro, cómo no.

Elevó también la suya sin ningún atisbo de emoción y tomó el primer sorbo. Bebió y bebió de aquella copa, hasta vaciarla de un solo trago.

—¡Caray, Bet, te la has bebido casi sin respirar!

—Sí… Bueno, entonces, lo pasasteis bien hoy, ¿no? —preguntó con cierta ironía.

—¿A qué viene tanta pregunta? Pues sí, lo pasamos bien, como siempre.

—No, es que es curioso… Telefoneé a Amy a eso de las ocho para pedirle una receta, pero tuvo que colgar enseguida. Mike estaba en la cama con fiebre.

—¡Vaya! Así que es eso lo que te pasa. No te lo conté para que no te hicieses ideas raras. Mike faltó, sí, pero estuve con el resto de los chicos.

Ella seguía masticando con la mirada perdida. Cayó en la cuenta de que había olvidado la salsa de arándanos que había hecho especialmente para la carne. ¡También había olvidado el puré!

—Ahora vuelvo.

Roberta encendió la radio y comenzó a llorar en silencio. “Tampoco es correcto, querida amiga de Connecticut. No es La extraña pasajera”, escuchó. Se secó las lágrimas, cogió la salsera, la pequeña fuente y regresó a la mesa.

—Échate un poco en la carne, sabrá mejor.

—¿Qué es? —hizo un gesto de desaprobación.

—Lo siento. Ya te dije que se me ha quemado.

—Tiene un color raro, y huele aún peor —afirmó mientras removía con la cuchara en la salsera.

—Salsa de arándanos. Leí en una revista que al ser dulce, mezclada con la carne es un verdadero manjar. Los chefs parisinos la utilizan mucho.

Buck decidió probarla. Hincó el cuchillo sobre el trozo de carne y éste resbaló del plato, saltando al mantel que ella misma había bordado años atrás. Las gotas rosáceas salieron disparadas a toda velocidad hasta la pared y a la mejilla de Roberta.

—¡Mierda! ¡No sé por qué tenemos que comer como si fuésemos ricos! —se levantó corriendo para limpiarse.

—¡Pensé que te gustaría!

—¿Es que acaso se celebra algo?

Roberta apretó los labios y negó con la cabeza.

—¡Qué tonta soy! No. No se celebra nada. Era una sorpresa. Simplemente, una sorpresa.

—¿Sabes qué me hubiera gustado como sorpresa?  Que me hubieras dejado ver la segunda parte del partido tirado en el sofá. Lo dejé a medias para estar contigo. ¡Dios Santo! ¡Mírame! Parezco un colegial, con la servilleta prendida del cuello, como un babero —gritó.

—¿Sabes qué, Bucky? Cómete la carne como más te plazca. Por mí, como si no te la quieres comer…

Cogió su plato, la salsa y se marchó a la cocina. Subió el volumen de la radio. Se sentó en una banqueta y siguió con su deliciosa cena. La carne, al fin y al cabo, sólo estaba un poco requemada.

—¿Desde dónde nos llamas, Roberta? —preguntó el locutor.

—Desde Memphis.

—Dinos, oyente de Memphis, ¿sabes la respuesta a nuestra pregunta?

—Sí. La respuesta es Baby Jane.

—¡Correcto! ¡Ya tienen dueña los quinientos dólares! —rió—. ¿Y qué piensas hacer con ese dinero, Roberta?

—Quizá monte un negocio lejos de aquí —su voz sonaba aún entrecortada.

La voz masculina se echó a reír de nuevo.

—¿De qué? Si puede saberse…

—De mermeladas y salsas de arándanos.

—Suena deliciosamente, Roberta. Desde la KLM te deseamos mucha suerte.

—¡Gracias! —colgó.

Roberta se quedó quieta, apoyada sobre el teléfono. Sonó la sintonía de la emisora y apagó la radio. Apuró su segunda copa de vino mientras  se imaginaba su nueva vida lejos de aquel desconocido que, descamisado y tirado en el sofá, gritaba al televisor sin apartar la vista de él.

 

Gracias Tery por tu aporte a la Lupa Cultural y un saludo desde Argentina para ti y toda España.

ALFREDO LEGNAZZI

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