Letras: Cuento: Destinos

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Contra los vidrios rajados del Gran Capitán golpeaba la lluvia que los acompañó desde que el tren comenzó su marcha, bien temprano.

Apenas se veían los pastos secos que bordeaban las vías. Cada tanto, un resplandor hacía el día en el atardecer otoñal. Una estampida despertaba a los semidormidos compañeros ocasionales que se habían acomodado en los asientos del vagón.

Se anunciaba una noche complicada. El tren bajaba la marcha a cada rato y la oscuridad invadía de a poco los vagones iluminados por las pocas lámparas que quedaban intactas.

No había demasiada gente ahí. Un par de hombres con sus cabezas cubiertas por gorras y más lejos una mujer, que llevaba una caja enorme, atada con trapos en el portaequipaje encima suyo. Del otro lado, sentado solo, un muchacho absorto en la lectura de un libro de varias páginas. El, al lado de la ventanilla, observaba a sus compañeros tratando de adivinar sus destinos.

Los hombres parecían obreros. Las manos cortajeadas y las uñas ennegrecidas, pero sus ropas impecables. El muchacho de jeans, camisa y un pulóver atado al cuello, seguía leyendo sin darle importancia a las luces que cada tanto le iluminaban las hojas de su libro.

Cuando estaba quedándose dormido, apareció el guarda avisando que el tren se detendría por una hora a causa de la tormenta.

Se notó el malestar en los rostros. El guarda volvió al otro vagón y desapareció.

Las puertas se abrieron de golpe. Un viento fuerte atravesó el pasillo arrastrando a la mujer, a los dos hombres y al muchacho que no había soltado su libro.

Rodando por el piso, cayó al pastizal que acompañó la marcha durante casi todo el viaje.

Los cinco terminaron al final de una barranca, empantanados y sin comprender qué había pasado.

Mojados, intentaron sacudir el barro de sus ropas, pero estaba tan pegado que fue imposible. El muchacho con el  libro, no tenía una sola mancha y conservaba cada página intacta en sus manos. Se levantó y ayudó a cada uno de sus compañeros a acomodarse sobre el pasto, lejos de la humedad,

  • Síganme- dijo- vamos a intentar salir de acá. El tren no sale hasta mañana
  • ¿Cómo lo sabés? preguntó la mujer
  • Ustedes háganme caso y síganme.

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Los llevó campo adentro, siguiendo un sendero apenas perceptible, que terminaba en una casa de madera, vieja, pero abierta como si nos estuviera esperando. El fuego estaba encendido, los vidrios intactos y sobre una enorme cocina a leña, una olla donde hervía un puchero que olía muy bien. Nadie había abierto la boca. Solamente lo siguieron, entraron y cada uno se acomodó cerca del fuego para entrar en calor y secarse la ropa.

El sirvió el puchero en platos limpios y compartieron la cena, mirándose unos a otros sin pronunciar palabra. La mujer, fue la primera en hablar.CMS_1318002023046_puchero

  • Bueno, y ahora qué? El tren mañana sale, no sabemos a qué hora. Nadie de nosotros se conoce, compartimos una casa sin saber unos de otros. ¿Alguien puede explicarme cómo sigue esto?

 El muchacho apoyó el libro sobre la mesa. Todos estaban intrigados. Por qué seguía al pie de la letra cada indicación dando vuelta página por página, y haciendo absolutamente todo lo que según él, estaba escrito.

  • El libro tiene la respuesta- decía- Sigamos ese orden. El me indica cómo seguir. Cada uno de ustedes tiene dedicado un capítulo. Sus vidas están escritas ahí y nada puede cambiar. Yo supe que al final del camino estaba esta casa, que el tren saldrá mañana, que usted, por ejemplo piensa vender la ropa al doble de lo que la compró. Que ustedes dos van a Virasoro a trabajar, recomendados por un amigo. Usted…usted es el más complicado amigo. Usted no sabe donde va. Tomó ese tren sin rumbo. Quizá ese capítulo deba escribirlo usted mismo, porque el libro llega hasta aquí. Al amanecer, volveremos a caminar, subiremos al tren y emprenderemos la marcha, cada uno a su lugar, menos usted. Piense qué va a hacer. Tiene aún unas horas. Ahora hay que descansar. Mañana nos espera un largo viaje. Intenten dormir.

 gc2Todos obedecieron. El muchacho esperó pacientemente a que todos estuvieran dormidos. Pensaba que estaba soñando, o que habían caído en manos de un loco que los arrastraba a sus locuras.

Su vida o había sido fácil. Además de una situación personal complicada y varios delitos que hicieron que debiera salir de la ciudad, a los 30 y pico no tenía definido su futuro, ni siquiera su presente. Solo sacó ese pasaje para subir a un tren del que no sabía el destino.

El ruido de un trueno lo sobresaltó. El libro cayó de la mesa y voló al piso. Miró a un lado y a otro y lo tomó. Una extraña sensación le invadió el cuerpo. Una paz inexplicable que jamás había sentido.

Un relámpago iluminó la hoja y le permitió leer las letras verdes del primer renglón:

“Mañana comienza el resto de tu vida. Cada uno escribe su destino”

Dio vuelta la hoja. Las siguientes estaban en blanco. Vio que era de día y se levantó. El humo del Gran Capitán se elevaba hasta el cielo. Salió de la casa, caminó hasta la estación y se sentó. A lo lejos, caminando por las vías, se acercó el muchacho, sin el libro en sus manos. Corrió hacia él, lo abrazó y lloró.

  • Perdón. Necesito escribir mi destino.

 En la estación

Se miraron, le puso la mano derecha sobre la cabeza y solo respondió:

 

  • Bienvenido, hijo, seguime.

 

Silvia M. Vázquez

(de Rocío de palabras-2012)

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